La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 1)


La prostituta virgen y los muertos



Habría cumplido ya dieciséis años cuando Ana Neri llega a Buenos Aires con los transbordos fabulosos que prometían ese único tren que pasa por Constancia. Ana que siempre vivió entre su campo y sus acacias no había conocido muchas cosas de las ciudades sino hasta ese momento. Estaba asustada y deslumbrada entre tanto trasbordo, a medida que se acercaba a la capital se veían cada vez mas edificios y más gente, pero sin duda que cuando llegó a la estación de Retiro sus ojos se vieron desbordados por tanto hierro y grandeza. Buenos aires como una Babel en eterna construcción la tomó a ella de la mano y la hizo caminar como embobada por entre sus calles. No dejaba de mirar los detalles en el hormigón que tenían las entradas de los edificios, no dejaba de mirar las altas ventanas y los altos techos con cúpulas de estilo francés, no entendía nada de arquitectura pero la saboreaba como jamás nadie lo hizo. Un agente de policía que trabajaba en la estación de trenes la vio descender sola con su bolso de mano, la vio esa tarde fría caminar en círculos una y otra vez, y cuando ya creía que se había ido aparecía una hora después caminando por los andenes.
-Buen día señorita, está perdida -. La interceptó el policía con una voz grave y arrogante
- Buenos días, no, bueno si. Estoy buscando a Marcela Goeytes
- Yo la puedo ayudar a encontrarla, pero esta es una ciudad muy grande ¿sabe?
Ana asintió con la cabeza.
-¿De dónde viene usted? ¿Tiene sus documentos?
-No los traje, los tiene mi tía allá en Constancia, soy de Constancia.
-¿Eso queda acá en Buenos Aires?
-Si
-Pero mientras tanto... ¿Usted de que va a vivir mientras este acá? -. El policía se muestra ahora con un tono preocupado- ¿Tiene familiares aquí?-. Ana niega desanimada.
-Mire, vamos a hacer una cosa... yo le voy a pagar ahora un café con leche así usted desayuna ¿tiene hambre no?-. Ana no contesta pero siente que le sube toda la sangre a la cara por la vergüenza.
- Después que usted desayune vamos a ir a ver a un amigo que le va a conseguir un trabajo. Así que no se preocupe que ahí usted va a tener su plata y me lo devuelve.
Ana estaba muy emocionada de tener tanta suerte apenas llegada a la ciudad, debe ser el grano de arroz que tiene en su mano. Le habían dicho varios en Constancia que sería bien recibida en cualquier lado donde vaya.
Ana fue acompañada por el policía a uno de los cafés más lujosos que estaban cerca de la estación y no pararon nunca en esos cafetines que rodeaban la estación como ella había imaginado.
El policía hace señas a unos mozos para que atiendan a Ana y luego se pone a intercambiar unas palabras con un encargado. Ambos sonreían y miraban de vez en cuando hacia donde estaba Ana sentada. Ella presintió, mientras elegía con su índice algunas cosas de la carta, que el trabajo prometido seria en ese lugar. Quizás como moza o ayudante de cocina. El policía por último se acerca a la mesa y le recomienda con voz muy baja
- Aquí va comer usted todos los días, las veces que usted lo desee. Pida aquí lo que quiera y cuanto quiera ¿me entiende?
Ana asiente agradecida
- El dueño de este lugar es muy amigo mío, el trabaja para un hombre muy importante acá en Buenos Aires, me entiende, le va a conseguir a usted el trabajo, hágales caso en todo y no les pregunte nada, no les gusta las preguntas.
Ana sonreía y solo murmuraba agradecimientos, el mozo traía a la mesa una elegante taza con café con leche, masas finas y una porción de torta. El tono del policía luego comenzó a cambiar como aquel primero en que le pidió sus documentos.
- Cualquier queja que me llegue de esta gente yo la meto presa ¿Me entendió? No me haga quedar mal.


La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 2)


Todo comenzó con el primer cliente. La entrevista fue en los pisos altos de un importante edificio en el centro, la llevaron en un coche lujoso y la trataron muy bien. Iba a tener una entrevista con un hombre importante como le había dicho el encargado del café y el policía, no debía preguntar nada ni tampoco jamás emitir alguna queja. Disgustar a un cliente a veces significaba también perder la vida. Recuerda divertida entre tanto horror que se preguntaba con mucha curiosidad: ¿Cómo es que por un trabajo de moza había tanto protocolo y fatalidad?
Al final de un pasillo amplio con la iluminación mas fastuosa que jamás haya visto, estaba la puerta del despacho, donde estaría su entrevista. Aquel lugar era una oficina cargada con símbolos que Ana nunca había conocido. La entrevista fue breve aunque tuvo casi media hora de espera frente a su entrevistador en completo silencio. Era un hombre mayor, muy alto, que le ordenó con un gesto para que tomara asiento. Estaba escribiendo una carta lentamente. Ana mientras toma asiento se preocupa por su bolso negro que dejó al cuidado de los mozos del café. En ese bolso estaba lo poco que tenía. Estaba muy nerviosa y se mantenía en silencio mirando las pinturas que había en el despacho, todas tenían algo en común, un símbolo, un código que vio repetido en el edificio: Un híbrido de toro y humano con un fuego es su vientre.
Con el correr de los minutos su nerviosismo fue cayendo y hasta se animó a mirar algunos gestos en el hombre alto, se fijó con curiosidad en dos anillos llamativos con un toro, en un sujetador de corbata también de oro, una pluma de escribir de oro en unas manos grandes aunque delicadas y una parsimoniosa forma de escribir. La letra de aquel hombre era hermosa aunque no se animó a seguir mirándola para no ser descubierta. Notaba Ana por un sin fin de detalles que aquel hombre pertenecía a una clase de poder, a una casta acostumbrada a dar órdenes. Sobre todo en el hecho de escribir ininterrumpidamente, tan calmo a pesar de tener una persona al frente suyo. Ella no podría dejar esperando a alguien y estar tan tranquila, menos si esa persona la observa de cerca. Ana supuso con acierto que ese hombre estaba acostumbrado a ser observado, por haber tenido siempre, desde el principio de su vida un incontable número de asistentes a su alrededor. Desde sus nodrizas cuando era solo un bebé hasta estos dos guardaespaldas que aguardaban siempre sobre la puerta. No es que aquel hombre no tuviera intimidad, para él sus empleados no existían, eran invisibles como lo son para nosotros en un momento nuestros sentidos, nos sirven constantemente y solo notaríamos su presencia si no llegasen a estar.
El hombre al final habló y dejó en claro lo mismo que le dijo el policía y el encargado del café. Una queja de un cliente significaba la muerte. Una pregunta a un cliente que refiera a su vida personal estaba prohibido. El tiempo y el momento en que debiera trabajar dependería siempre de los clientes, no se permitiría queja alguna jamás. Los clientes eran personas muy poderosas y el silencio estaba siempre, siempre y en cualquier situación por encima de su vida. Para terminar el hombre dice:
-Esto es un pacto. De mi parte le prometo que no le hará falta nada y puede recurrir a mi si necesita algo por fuera del trabajo, del trabajo no se habla jamás, ni conmigo ni con nadie, nunca. ¿Usted ha entendido todo esto no?
Ana asiente y da las gracias aunque entiende muy poco.
- ¿Usted es virgen?
¿Que tenía que ver esa pregunta con el trabajo en el café, estaba asustada e incómoda pero solo atinó a asentir entre tanta confusión, como desde el primer momento en que llegó a Buenos Aires.
- Ahora le harán unos exámenes de rutina unos médicos, Mañana a la dos de la madrugada usted visitara a su primer cliente , pasarán a buscarla por su hotel. No hay nada más que hablar ¿alguna pregunta?
Ana asiente otra vez con su cabeza
- Si, estoy buscando a una amiga se llama Marcela Goeytes
- Bueno- la interrumpe el hombre alto mientras escribe calmo ese nombre en una hoja- eso lo veremos más adelante. Buenas noches, que descanse.
Los guardaespaldas parecen estar siempre alertas al saludo que emite el hombre alto y como perros atentos a los sonidos de su amo entran en el despacho y la invitan a Ana para que los acompañe.
Vuelve a subirse en aquel auto lujoso y se deja llevar primero a un clínica lujosa donde le hacen unos estudios y unas preguntas. Luego ya entrada la noche la llevan finalmente a un hotel muy hermoso. Ana comienza a mirar a los que salen y entran de ese hotel como compañeros de trabajo, ninguno realmente lo es.
Pregunta con mucha timidez cuantas horas serian las que trabajaría en el café a uno de los guardaespaldas. Los tres hombres se miran burlonamente, no le contestan y solo siguen hablando con el dueño del hotel. Pregunta una vez más Ana al guardaespaldas por el café donde trabajaría y que necesita recuperar su bolso con sus pertenencias. El guardaespaldas esta vez le contesta cordialmente.
- Todo lo que necesite de ropa quizás lo encuentre en la misma habitación, si no es así, aquí en el hotel se lo conseguirán. A las dos de la madrugada vendremos a buscarla para su primer día de trabajo, estese preparada.

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 3)


Como habían acordado Ana desciende a la puerta del hotel a las dos de la mañana. No había podido dormir nada entre tantos nervios y lugares para revisar dentro de su inmensa habitación, aquella era mas grande que toda su casa en Constancia. Los hombres que vinieron por ella ya estaban esperándola, solo vino uno de esos guardaespaldas y un pequeño hombre canoso mal vestido. No apagan el motor del auto ni tampoco se bajan. Hacen señas discretas para que ella se suba. Ana al acercarse al auto notó que un adorno vulgar de un toro colgaba del pecho en el hombre canoso y que también olía muy mal.
-Él es el linyera-. Le presenta el guardaespaldas a Ana. - Él es quien la va acompañar en todos los trabajos. El es el único del círculo que habla personalmente con los clientes.
Ana se sienta sola entre los asientos traseros y el guardaespaldas pone el auto en movimiento sobre la avenida.
Ana cada vez entendía menos ¿Cómo un linyera iba a tratar con los clientes personalmente en un café tan lujoso? Ana tímida aunque franca, se lo pregunta de la forma más amable que encuentra para no herir aquel hombre:
- Me dijeron, que eran clientes de los más importantes del mundo los que visitan el Café, porque usted no se pudo cambiar de ropa.
El guardaespaldas mira socarronamente al hombre canoso pero con un tono intimidatorio le dice a Ana sin mirar el camino por donde conducía.
-¿Señorita, que le han dicho a usted sobre hacer preguntas?
El hombre canoso rompiendo toda complicidad con el guardaespaldas no responde a la sonrisa y también va al grano lo mas franco posible, como Ana lo hizo. Girando en el asiento se puso a mirar fijamente a Ana y le habló con una voz enérgica que ella no le sospechaba, su aliento era nauseabundo entre alcohol y suciedad.
- Tenemos algún tiempo de viaje como para que le explique algunas cosas, no me interrumpa por favor. Primero, usted aquí recibirá mucho dinero, todo el dinero que quiera, el dinero no tiene valor para nosotros. Puede si quiere dárselo a quien usted considere. El circulo hará los arreglos para que pase desapercibido y ese dinero llegue a la persona mediante una herencia ficticia o un premio de lotería arreglado ¡O que se yo de que manera!... en fin, en el momento preciso en que usted ha cerrado el pacto con uno de los caballeros del circulo, se le prepararon a usted los papeles de defunción dentro del estado. Seguramente ayer ya se ha conseguido un cuerpo al que se le dio sepultura en un cementerio con su nombre y sus datos. Entérese, usted ha muerto para el mundo. Este lugar maneja unos símbolos que nosotros no comprendemos y que usted no debe de preguntar ni a sus clientes ni a los caballeros del circulo. Uno de esos símbolos sagrados es el de mantener secretos, otro símbolo es el de morir para nacer. Todos los que trabajamos para el círculo nacimos en el círculo y estamos muertos para el mundo, de tal manera consideramos a todo hombre fuera del círculo como un hombre muerto. El círculo sobrevive miles de años sobre esa base, los caballeros mas altos manejan la alquimia y todos los secretos que manejan también al poder del mundo, preste atención porque un error dentro del círculo se paga siempre con la vida. Usted es nueva y no entiende ¡Qué clase de imbécil le dijo a usted que vamos a trabajar para un Café! ¿No se ha dado cuenta aun? ¿O qué le pasa? Esto es una organización que presta servicios de las índoles más bajas desde hace miles de años, en todo el mundo y en toda su historia. La moralidad religiosa hizo que los servicios del circulo pasaran cada vez más a la clandestinidad aunque se sorprenderá con el tiempo y verá que nuestros mayores clientes son religiosos o personas religiosas. El morbo consume a estos hombres de poder, por eso, nuestra organización dispone de dispositivos en todas las ciudades. El círculo no ofrece habitaciones de hotel o simulacros con decorados mal hechos. El circulo no trata a sus clientes como animales, el circulo siempre le ofreció al hombre de poder lugares de poder. El círculo tiene influencias en todos lados y puede otorgar a los clientes el lugar y las condiciones que desee. Mientras usted preste servicios aquí, usted puede trabajar en cualquier lugar del mundo que considere el cliente, dentro de un hospital, un matadero, un parlamento, una catedral, un museo, un castillo, un cuartel, una cárcel... ahora mismo nos estamos dirigiendo al cementerio de la Chacarita, Su primer cliente, hombre que ha pagado mucho oro por usted, ha pedido ese lugar y el circulo se ha encargado de reservarlo. Espero que entienda ya de que se trata todo esto.
El linyera canoso mete su mano en su gabardina roñosa y le acerca un pequeño frasco de vidrio color azul, Ana antes de tomarlo entre sus manos observa las otras manos que lo entregan entre una mugre percudida en años que florecía desde las uñas. Una vez con ella notó que el vidrio del frasco tenía tantos detalles que no se podía ver en su interior, a ella le asombró también ver en dos caras del frasco el labrado repetido de un toro. El linyera continúa:
- Hay una sola forma de salir del círculo y romper el pacto que usted ha hecho. En ese fresco se encuentra una pastilla única, es el veneno más fuerte que haya existido, con una receta que solo preserva el circulo. No sentirá absolutamente nada, se lo prometo, morirá sin dolor apenas se apoye dentro de su boca.
- No entiendo- dice Ana, aunque ahora realmente comenzaba a entenderlo todo.
El circulo premia y castiga con facilidad, el viene manejando la alquimia durante siglos y he visto cosas que jamás usted se imaginaría. Hombres que jamás mueren, juventudes que no pasan, placeres inconmensurables o también dolores insoportables en desdichados que no encuentran la agonía aunque la busquen desesperados, el cuerpo deja de funcionarles pero el dolor no y es infinito... Por eso, no le falle nunca al círculo, si usted considera que alguna vez no puede cumplir con las necesidades que le fueron asignadas, por ejemplo, en esta noche en que tendrá el encuentro con su primer cliente... tenga la discreción de usar inmediatamente la pastilla.
Con el motor aun andando el auto se detiene frente a una de las puertas del cementerio, el guardaespaldas apaga las luces del auto como una señal. En unos momentos se comienzan a divisar unas sombras moviéndose y los ruidos de unos hierros chocándose. El portón se abría silencioso a pesar del silencio completo de la noche y el auto se abría paso dentro de aquel inmenso lugar. Nadie emitió saludo, los hombres de las sombras volvieron a cerrar la gran puerta de hierros. Nunca imaginó que podía haber cementerios tan grandes. Ana acostumbrada a la visión reducida de los cementerios que hay en Constancia estaba sorprendida aunque no aterrada como pensaban los hombres que la llevaban. Ana Neri viene de un lugar que ellos ni sospechan. Ella es señora silenciosa de las acacias negras. De donde viene ella es la señora también de los muertos y mantiene desde muy pequeña, en cualquiera de sus vidas, una conversación única.


La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 4)


No siempre el rastro lo encuentran los que andan buscando, el rastro muchas veces lo encuentran a uno sin rumbo y le muestran un sendero. Tal es el caso del primer cliente que tuvo Ana.
La invitaban a Ana ingresar a un panteón deshabitado y sin llaves. La claridad que había dentro era por la luz artificial que un conjunto de vitreaux y ventanas oxidadas traían del alumbrado. A Ana la sorprendió un espacio más amplio y limpio de lo que parecía afuera. Se imaginó encontrarse también con un montón de ataúdes pero el lugar estaba vacío, no había cuerpo ni vivo ni muerto salvo el de ella, pues el linyera y su guardián le cerraron la puerta apenas dio un paso adentro.
Había unos grandes asientos de mármol sobre las paredes que miraban el vacio que debían ocupar los sepulcros. Ana después de unos instantes toma coraje y avanza hacia uno de ellos, comienza a mirar de rodillas por una de las ventanas lo que pudiera estar pasando afuera. Fue un alivio, ella pensaba que el cliente estaba ya dentro del panteón esperándola. Lo imaginó con la cara misma de un monstruo, lo era.
Todos los minutos de espera allí dentro los ocupó mirando por el vidrio de esa ventana desteñida por años, con la indiferencia de siempre a todo ese mundo de presencias sutiles que se acercaban e intentaban hablarle.
El cliente comenzó a presentirse como el ruido de un motor acercándose lentamente al lugar, luego empieza a hacerse visible como un auto oscuro, también muy lujoso y con luces apagadas.
Otros guardaespaldas nuevos descienden del vehículo y abren una de las puertas traseras, el cliente se baja sin apuro y da una mirada satisfecha hacia todo ese paisaje. Era un hombre calvo de mediana estatura y ojos muy claros, con anteojos grandes de un marco grueso que se adivinaban castaño claro en la luz. Un sobretodo largo de color azul le llegaba hasta las rodillas. Saludo al linyera sin mirarlo y ambos intercambiaron brevemente unas palabras. Ana observaba la conversación sentada y por momentos buscaba con la mirada algún lugar que le permitiera escapar, no había escape, salvo la pequeña botella azul que se apretaba en su mano. Luego pasó algo que la sorprendió mucho. El cliente calvo tomó con su mano derecha el adorno que colgaba desde el cuello al linyera, se arrodilló con ambas piernas y besó esa efigie. El linyera canoso entonces le posó su mano mugrosa en la cabeza calva como dándole algún tipo de bendición.
El cliente se pone a murmurar algo y luego de pie sacude menudamente la suciedad que se le adhirió a sus rodillas, Coloca sus manos por detrás y sin prestar atención a las miradas de los otros hombres, se pone en camino rumbo al panteón.
Ana se sienta entonces muy derecha sobre ese banco, rígida como el mármol se mantiene expectante a esa puerta y a los sonidos que se van acercando.
Entonces también nota que ese panteón a pesar de estar deshabitado se estaba empezando a poblar compacto de muertos sin cuerpo y sin nombre pero con una voz clara. Todo era un murmullo burbujeante.
El hombre calvo entra en el panteón con unos zapatos que marcaban dolorosamente fuertes sus pasos en aquel espacio, cierra la puerta detrás de sí, y comienza a mirar a Ana mientras se quita su sobretodo. Le dice con una voz de hombre pequeño:
- La imaginaba mas chica, más chica de edad, eso me dijeron.
Ana no contesta pero nota entre todas las presencias, a una muy poderosa que rondaba alrededor del cliente, al parecer un odio la hacía fuerte.
Era una mujer madura, alta, de pelo largo y canoso ¿rubio muy claro? , tenía ojos muy celestes y grandes. Vestía una especie de camisón claro y andaba descalza con pasos largos. Miraba el rostro del hombre calvo y susurraba, a veces también ponía una mano en su frente pero por supuesto, el hombre calvo ni siquiera lo notaba.
- ¿Cómo te llamas? Le pregunta Ana a esa mujer muerta. El primer cliente adueñándose de la pregunta le grita sorprendido
- ¡Acaso no te han explicado las reglas de este juego! Una pregunta equivale a una muerte.
Ana le hace señas para que guarde silencio, su voz de pequeño hombre no le dejaba escuchar lo que le respondía la mujer muerta
"Mi nombre era Luciana Borcino y este hombre demonio que esta frente tuyo se llama Augusto Cesar Borcino. El es mi hijo".
La mujer muerta le contesta a la joven que preguntó sentada firme sobre un asiento de mármol. Su impasibilidad la rehacían ahora como una sacerdotisa heroica en la mente del cliente calvo. La muerta con pasos descalzos y largos se siente entusiasmada por esa simple pregunta. Acercándose a la confidente, comienza un relato largo que Ana va repitiendo en voz alta. El asombro de ese primer cliente al escuchar claramente su nombre y más aun, escuchar el nombre apagado de su fallecida madre lo dejan inmóvil, confundido, curioso, lleno de espanto. Los roles de poder cambian por primera vez en toda la historia del circulo y la victima se vuelve algo amenazante.


La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 5)


¿Se puede conseguir la dignidad de la luz utilizando la memoria? No se engañaba ¿La memoria podía acaso sostener el presente? El tiempo es cíclico, la historia continua un patrón de eventos que hilan el caos a descifrar. La ilusión de los hombres tiene una dinámica fabulosa, como un espiral que avanza y crece para una continua forma. La esperanza es un sentimiento que prevalece a la muerte, los muertos esperan.
El cordón umbilical conduce al alimento, el cordón le da la energía al niño para crecer, para construirse, el cordón se hace grande y fuerte.
El espacio en el vientre disminuye. El niño gira y el cordón lo envuelve, lo aprieta y comienza a asfixiarlo. Todos ignoran lo que está pasando allí dentro. El cordón tampoco comprende, la madre menos, el niño siente: Aquello que lo une a su madre lo está matando y sucede que alguien susurra la verdad de una forma curiosa para alertar:
En esos momentos en que la tragedia avanzaba silenciosa, la madre de Augusto Cesar Borcino recuerda misteriosamente un suceso antiguo que no logra entender del todo.
Ella es asfixiada por un hombre que reconoce, un cable le fue rodeando el cuello mientras dormía y entonces aquel hombre conocido lo aprieta hasta hacerle salir la vida. La sensación es tan traumática que la madre de Augusto acaricia su cuello desprevenidamente ante esas imágenes. Sospecha acertadamente que aquella visión es sobre ella, distingue unas ropas antiguas por lo que supone que todo sucedió en algún pasado más que en algún futuro. Cuando la mujer de la imagen al fin se resigna a morir ella suelta un nombre, aquel nombre es de aquel que la asfixiaba con rabia en la imagen.
Se levanta pesadamente por su embarazo avanzado y busca algo con que escribirlo, tiene miedo de que el olvido se lo quite otra vez. Confía en esa imagen que la asaltó con violencia pero no comprende porque razón le es dada en ese momento y de donde viene. No sabe todavía mientras escribe entre unos papeles viejos, que ese nombre le perteneció a un marido que amó en su otra vida y que la ha matado a ella para quedarse con su fortuna y también calmar los celos de una joven amante. No sabe que el antiguo dueño de ese nombre es el mismo que lleva en su vientre formándose como un hijo.
Una puntada a la altura del bajo vientre la hace gritar con fuerzas. Su panza se endurece como una piedra. Las sensaciones horribles que le dejaron las imágenes, mas este repentino dolor donde se encuentra su bebé la llenan de espanto. Grita por ayuda y se encamina por entre las paredes hasta las escaleras que llevan al piso de abajo. Se sienta en los escalones sin poder aguantar más las puntadas, escucha como se acercan diferentes voces de ayuda y se tranquiliza.
Horas más tarde le inducen un parto de urgencia y logran salvar al niño de la asfixia que le estaba provocando el cordón umbilical. Apenas le entregan el bebe a su madre y puede alimentarlo, ella siente que es lo que más ama en el mundo. Nunca estuvo tan segura de sus sentimientos como en este sagrado momento. Mientras lo amamantaba, aquella madre estuvo atenta a todos los primeros movimientos que hacia el bebé con su mirada, sin poderlo manejar la embestían las imagen de aquellos papeles usados donde había anotado apurada un nombre. Las rechaza y le recuerdan uno de los momentos más traumáticos de su vida.
En las semanas posteriores al parto la madre camina hacia el registro civil para anotar a su hijo con un nombre. Por alguna razón de último momento, Augusto es el nuevo nombre que reemplaza al que tenía previsto. Augusto es uno de los nombres que figuraba escrito entre esos papeles viejos y que alguien de la casa por un descuido ya había tirado a la basura.


La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 6)


Una mujer llamada Luciana Borcino le relata a Ana una historia. Ana se la repite grave en aquel recinto vacío a su hijo. Un hombre mayor y de voz pequeña llamado Augusto Borcino.
"- El niño fue creciendo con los cuidados excesivos de una madre desocupada y muy adinerada. Se movió en todos los lugares como el centro de la escena, el niño a mimar y celebrar, el adolescente complacido y presumido, el joven audaz y cruel con amistades cómplices, el hombre de negocios que prosperaba rápidamente en las sombras gracias a las sangrientas masacres que provocaba en países pobres con recursos ricos. Todo impedimento en su objetivo era de alguna manera sobornado o eliminado. Sin embargo, el dinero no representaba mucho valor para el círculo. A pesar de que los Borcino fueron hombres miembros del círculo desde muchas generaciones, Augusto no podría. Su fallecido padre nunca había sido miembro, no era un hombre de poder, Augusto Borcino era el fruto de los amores de su madre y un joven sirviente de las caballerizas. Aquella mancha que la familia Borcino pudo bien ocultar de la sociedad aristócrata española, no podría de ninguna manera ocultársela al círculo.
Cuarenta años después, amigos de Augusto Borcino como el Cardenal Aguirre y el banquero John Pierpont Morgan dan la gracia para que Augusto sea admitido en el círculo. Pero el caballero desde la crisálida pedía el mismo precio que siempre pidió en casos similares. Tendría augusto Borcino que matar por asfixia, o por fuego, o por sed, o por inanición a su propia madre. Como lo habían hecho otros tantos otros cientos de bastardos en la historia en favor de una membrecía y una gracia del poder. Alexander Hamilton, Thomas Edward Lawrence, Alberto Aceval, algunos de los últimos hombres bastardos que tuvieron desde las sombras la horrenda bajeza de matar a sus madres para complacer al hombre toro y sus caballeros. La curiosa posibilidad al caso... Matar para poder nacer.
Augusto Borcino, aquel pedido lo maduró en oscuros pensamientos. Había matado algún hombre o alguna mujer en su vida, pero no tenía el coraje de cometer una bajeza tan aborrecible y desagradecida como el matricidio. Aparte del poder, su madre era lo único que amaba en el mundo.
A pesar de ser alguien caprichoso, el era un hombre muy cauto, tuvo solo el deseo interno e intenso de ser parte del circulo del hombre toro por mucho tiempo, como lo habían sido sus antepasados, como debían serlo sus hijos. Esperó el momento y los momentos se hacen presentes al atento.
Mi hijo se abalanzó sobre mí una tarde del 2 de julio de 1888 y empezó a apretar mi cuello. Escuche débil unas disculpas, unas excusas, nombró a sus hijos y la continuidad de la familia, un poder real, un hombre con cabeza de toro. Comenzó a ahogarse en su propio llanto y entonces pude zafar de su mano fuerte. Intenté huir pero un golpe con algo solido dio en mi nuca y perdí el conocimiento. Luego el fuego, el fuego me despertó, no rodeándome, no quemando la casa sino sobre mi ropa, quemando mi cabello y mi carne, la carne de mis ojos. En ese momento de horror me señalo el pecho y corro hacia donde estaban los ventanales, no voy hacia las escaleras como aquella vez en que me atacó el dolor de un parto, voy hasta los altos ventanales y me arrojo por ellos para poder morir".

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 7)


Ella no había podido dormir bien esas dos semanas, entre tantos nervios y entre tantas cosas por descubrir en las habitaciones lujosas en que le tocaba vivir.
Ana se preguntó por supuesto si había más mujeres como ella y lo preguntó una noche de trabajo al linyera canoso y a su guardián. El linyera contestó indulgente:
- Toda pregunta está prohibida, pero sin embargo toda respuesta, enseñanza que da el círculo es una gracia inmensa. Como una muestra de confianza a su elegido. Usted ha hecho un buen trabajo y como verá, ni yo ni el caballero le hemos preguntado como usted lo hace, ni que es lo que hace. La gracia viene sin que se pronuncie jamás una pregunta.
Ana ya con más confianza vuelve temeraria a preguntar.
- ¿Si yo le confieso mi secreto usted me responde la pregunta que le hice?
El guardián sale rápidamente de la avenida y detiene el auto, esperaba la orden del linyera para liquidar a la joven de un balazo. El linyera lo detiene con una mirada, luego esa mirada misma se clava detenidamente en Ana que se apretaba entre los asientos, temerosa ahora de lo que había desencadenado se disculpó con una mirada baja. Sorpresivamente el linyera le dice:
- La escucho.
Ana se toma unos segundos indecisa y luego murmura breve:
- Yo solo les hablo a los clientes de sus pecados, solo los más importantes en cualquiera de sus vidas.
El linyera canoso se sorprendió ante esa respuesta, pero notó que la mujer hablaba con la verdad. No podía preguntar más y solo comenzó a acomodarse insatisfecho en el asiento. Hace señas al guardián para que encienda el auto y avance otra vez hacia el cementerio de la Chacarita. Con su voz fuerte le habla:
- Los lugares donde trabajan los caballeros del circulo son llamados "las crisálidas". Un puñado de personas plebeyas, tanto hombres o mujeres como usted nacen todos los días dentro del círculo, solo que algunas cometen errores y como algunas mariposas tan solo viven un día.
Ana se convirtió en un oráculo secreto para esos hombres lujuriosos del poder. Jamás ninguno llegó siquiera a tocarla. La respetaban y le temían, también sobre todo la necesitaban. El primer hombre, el calvo con anteojos llamado Augusto Borcino sirvió para recomendarla por primera vez dentro del circulo. Una logia que Ana identificaba por la efigie sutil de un hombre toro en algún lugar de la ropa. El hombre calvo (como todos los que seguirían en la lista de clientes), salió desbandando de aquel panteón y nunca jamás pidió cita con la joven prostituta. Después de haber pasado algunas semanas otorga la gracia del círculo y le confiesa su secreto a su amigo mas intimo. Un cardenal de apellido Aguirre. Perplejo Aguirre escucha la absurda anécdota que le contaba su amigo Borcino, pedía que se la repitiera una y otra vez sin entender como su astuto amigo hubiera podido caer en un simple truco espiritista. Aguirre entrado en cólera por ver a su compañero en un estado de demencia, amenazó con denunciar a la prostituta dentro del círculo para que sea saneada inmediatamente. Pero las insistencias del hombre calvo para que no lo hiciera lo detuvieron. De todas formas el Cardenal Aguirre encarga ese mismo día un pasaje de avión hacia Buenos Aires y le reclama al caballero del círculo esa prostituta y ese mismo panteón deshabitado. Aguirre, otro hombre vulgar y escéptico solo tiene pensamientos de burla hacia Borcino, durante el trayecto que lo trae a Buenos Aires, concebía solo en desenmascarar a la joven y traer consigo el desagravio.
Ese segundo cliente, movido solo por un deseo lujurioso y de burla entró en el mausoleo reservado esa misma noche, con un único propósito oscuro, pero común dentro del círculo, Abusar de la joven prostituta y tal vez matarla...

La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 8 )


Apenas entró el Cardenal Aguirre al panteón, Ana notó que lo acompañaba una mujer muerta, de la misma forma que cuando entró Augusto Borcino por primera vez. Pero la diferencia notable era que esta mujer venia en esta noche por propia voluntad y con un gran poder. No era una anciana de pelo blanco y pasos largos, sino mas bien esta vez era una mujer joven de pelo negro y pasos soberbios como los de un felino. Era de una belleza inquietante, estaba desnuda y a la vez no, un gran fuego por ahora inexplicable la cubría y la soltaba por momentos.
- ¿Cómo te llamas?-. Preguntó Ana, de la misma manera que con su primer cliente, el Cardenal Aguirre contestó adueñándose de la pregunta.
- Eso dígamelo usted, me dijeron que es una bruja.
La mujer muerta cubierta con fuego sonrió con malicia, como si fuera víctima ella de una provocación al escuchar esas palabras, avanzó unos pasos hasta Ana y su asiento de mármol y le susurró algo a su oído. El aliento dio caliente sobre su cara, como si fuera de alguien aun vivo entre un cuerpo de carne.
Aguirre observaba los movimientos y los gestos inasibles de la joven prostituta, como si estuviera atento a producirse en cualquier momento algún tipo de astucia o engaño. Luego Ana muy calma pero casi gritando le dijo:
- La diferencia entre usted y yo es que los muertos a mi me recuerdan todas mis vidas, en cambio usted, da soberbio el primer paso aquí ignorándolo todo y con el propósito solo de violarme y matarme. Solo le digo Cardenal Aguirre, que cada paso que usted de hacia mí es un paso que usted dará dentro de una antigua vida... con todas las consecuencias de horror y alegría que eso atañe y que la providencia le ha ordenado olvidar.
El panteón quedó en silencio y la voz fuerte de Ana hizo que los cuatro hombres que aguardaban afuera escucharan sorprendidos esa advertencia. Aguirre sonrió, con media sonrisa como solía sonreírle a todo lo que subestimaba. Dio un paso lentamente hacia Ana y se detuvo, como provocándola.
La amenaza se cumplió como se había sentenciado y Aguirre vio caer sobre su cabeza una ilusión extraña pero muy real, era como si un cuerpo inerte se le viniera encima. Hizo unos movimientos para cubrirse con sus manos y retrocedió, pero eso era inútil y ya era tarde. Mientras el cardenal comenzaba a observar en un estado catatónico los traumas y las alegrías de un pasado olvidado, Ana empezaba a repetir lo que la mujer muerta entre llamas vivas le susurraba caliente al oído:
"- Mi nombre es Barbara Zdunk. Y tu nombre en la última vida fue Jakob Auster. Como en esta vida, ya desde tempano también estuviste ligado a la iglesia, a la alquimia y al poder. Recuerdo la primera vez en que te conocí, eras solo un pequeño monaguillo asustado de nueve años con el mote aldeano de Borrego Jak.
Yo estaba a salvo en la muerte hasta que viniste a buscarme ¿Tengo que pertenecerte acaso Borrego Jak? Tienes la incertidumbre en el andar, tiemblas ante la cara del espanto, duermes en la ignorancia y la pereza ¿Acaso te crees digno de llevarme a la vida?
Aun así te recuerdo en mi último atardecer, como niño presenciaste cuando los arboles callaron. Yo era una gran alquimista, pero me señalaron por brujería por el solo hecho de ser mujer y tener la insolencia de practicarla, me condenaron a morir como una bruja. La madera se apiló aun verde sobre el centro del pueblo, me untaron los pies en brea y me hicieron caminar hacia ella. Nunca habías visto antes estos preparativos y encandilado me viste avanzar entre esa muchedumbre expectante.
Así como las bestias, los hombres nacen de la misma forma y así como las bestias los hombres abandonan su cuerpo. Saben también los sacerdotes que las hogueras huelen igual a la carne asada de las bestias que ellos comen y eso perturba el apetito de los novatos por algunos días. Lo que nunca se acostumbra el alma en estos autos de fé es al parecido perturbador entre el grito del hombre y el de la bestia en el momento del sacrificio.
Cuéntame ahora hombre del crepúsculo, cuando las aves trinaban ausencias rumbo al sur. Las partes que no fueron quemadas tú las conservaste supersticiosamente, sabiamente, por que los restos de mi cuerpo abrasado están marcados aun con tu presencia y tu misión sobre la mía. Borrego Jak, me viste avanzar digna, joven, poderosa en mi silencio mientras mi piel tocaba la del dios abrasador. El fuego, terrible es el fuego (aquel dios es tan parecido a los hombres que hasta también respira) No se detuvo, me comió mi aliento con el suyo. Aspiró todo el aire y exhaló un veneno que atonta la conciencia para salvarla de tanto dolor ¡Bruja no soy! ¡Alquimia soy! los inquisidores me han convertido en oro y no lo supieron


La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 9)


La muerta tras el fuego, después de un breve suspiro continúa relatando su historia:
“- Las flores del árbol que crece en la noche son blancas, las hojas del árbol que crece en la noche son negras. La corteza del árbol que crece en la noche es negra, la mujer que habita en el árbol que crece en la noche es blanca, de cabello negro largo. Ella es señora de un sueño. Sabemos que hay un estadío de vida y muerte, sabemos también de una luz y una oscuridad, de una vigilia y un sueño. Ahora bien sabemos del hombre, pero nada, nada sabemos de lo otro que camina a su lado. En el árbol que crece en la noche, lo otro es lo que sigue, es lo que acompaña.
Sin quererlo el lugar se había transformado en un sueño, era árido y seco, áspero a cualquier sentido. Estar en él era convivir con una sed insufrible. Recuerdo haber caminado tanto, como ningún cuerpo pudiera resistir, recuerdo también haberme bañado en un río crujiente y áspero que terminó arrastrando parte de mi piel. Todo allí era una trampa, una trampa perfecta porque no tenía recuerdos, los únicos recuerdos que habitan en un sueño son recuerdos de otros sueños. O sea que todos mis recuerdos eran falsos, sobrepuestos unos a otros, inyectados por la gran madre que habita el árbol y cuyo nombre es sagrado.
Un pecado horrible me insistía a seguir caminando, y yo lo hacía, quería saldar esa deuda con la eternidad aunque no supiera, ni sospechara qué clase de pecado fue el que me trajo a ese lugar. Luego, en la rutina de la tortura aconteció una tormenta que lo llevaba todo, nada era visible salvo la presencia que se aproximaba, no recordaba quien era pero me desesperaba un espanto incontrolable, era mi verdugo-.".
Entonces ocurre algo inesperado, el Cardenal Aguirre desde el piso, aferrándose espantado al cemento negro de las paredes comenzó también a hablar en un estado intenso de locura. En una vida pasada fue el gran verdugo que tuvo la alquimia.
"- Recuerdo aquella vez que trajeron para quemar en la plaza central a una mujer dentro de un sambenito, no la llevaban a la rastra sino que caminaba digna a pesar de la tortura de haber confesado todo a sus inquisidores, orgullosa a pesar de que sería sacrificada viva en el fuego dentro de unos momentos. Me impresionó (a mis nueve años de edad, a mi timidez y mi cobardía) ese andar majestuoso frente a la muerte y a la justicia humana, pero me impresionó aun mas que una persona con ese poder admirable sobre si misma estuviera sin embargo aquí en el mundo bajo otro poder, un poder que decidía que estaba bien o que estaba mal, que vivía y que moría, en qué condiciones se vivía y en qué condiciones se moría. Muchos años después de este sacrificio investigué sin descanso hasta tropezarme casi de casualidad con la verdad, la verdad de que ese poder tenía un nombre sobre este mundo: El Circulo de Moch y el hombre con cabeza de toro.
Aun con mis ropas de misario me ubiqué entre los primeros lugares frente a la hoguera e intentaron varias veces quitarme por ser un niño, cuando el fuego comenzó a arder se olvidaron de mi y vi el espectáculo mas maravilloso que un hombre puede ver. Alguien a mi lado comentó que la mujer atada en el madero no se había arrepentido de nada frente al inquisidor y que por ese motivo la leña verde sobresalía de la leña seca, todo bien administrado para hacer más larga su agonía.
Sin embargo los altos sacerdotes no tuvieron poder sobre el fuego y las llamas se abalanzaron sobre ella al instante. Todos se percataron de que aquel suceso era algo prodigioso, se persignaron y lo atribuyeron al dios de los cielos, aunque en sus caras solo había miedo y desprecio. Yo supe también que allí había otro fuego, ese fuego era una presencia, se hizo alto como nunca y ella gritó desbordada por el dolor... pero solo por unos momentos, luego volvió a la calma, nadie lo notó pero el Borrego Jak si pudo notarlo. Ella comenzó a sostener lo que parecía una oración, era una conversación ¿Una conversación con quién en ese momento de tribulación? Algunos dieron un paso hacia atrás asustados, yo di un paso más hacia adelante, quería verla. Siempre se burlaron del Borrego Jak pero ahora ellos estaban asustados y yo me veía extasiado de valor, quería saber, quería ese poder. Ella era Barbara Zdunk, hija de plebeyos se había convertido bajo la intimidad de su cocina en la alquimista más peligrosa de toda Prusia.
En la noche más clara volví hasta donde estuvo la hoguera y guardé en un saco los restos de aquel sacrificio, en la superstición mas pueril creía que en aquellos restos de hueso y ceniza se encontraba un poder inmenso, no me equivocaba.
Durante esa noche y las que siguieron tuve sueños intensos que no llegaban a ser pesadillas, pero sin embargo me sobresalía un sabor de desconcierto y de mensajes que se entrecruzaban unos sobre otros y que no podría, por más que quisiese, entenderlos nunca.
Sobre una mañana el sueño me asaltó cuando me disponía a comenzar mis tareas diarias. Era un sueño empalagoso y pesado al que no pude poner resistencia. En ese sueño apareció la mujer de la hoguera, Barbara Zdunk me indicaba un lugar en el guardarropa. Allí es donde había escondido los restos de su cuerpo quemado. Salvo algunos detalles que pude adivinar dentro del sueño, aquello era un replica casi exacta de mi habitación. Pero las ventanas estaban tapiadas por una lona gris que no reconocía, en mi habitación real no había cortinas. La mujer volvió a buscar mi atención e insistió con el guardarropa, le hice caso y saqué de él ese bolso con las cenizas. Busqué en el hasta encontrar algo parecido a una semilla, algo más pequeña que el carozo de un durazno. Barbara Zdunk imponente se coloca frente a mí y me hace señas para que coma de la semilla.
Eso fue todo el sueño, por supuesto que al despertar me agazapé hasta el mueble y tomé ese bolso, arrojé todo sobre el suelo y entre ceniza, dientes y huesos encontré la ignífuga semilla. La tragué sin pensarlo, como si un impulso voraz se hubiera apoderado de mi cuerpo.
A mis cortos nueve años y en la privacidad de mi casa descubrí los inicios de la alquimia.
Con los años y la practica me convertí en el alquimista más reconocido y fui disputado por las cortes de los grandes reinos de Europa hasta que obtuve finalmente un alto cargo entre los asesores del Papa León XII. Allí finalmente obtuve la gracia y fui invitado a pertenecer como un miembro del circulo. Mi precio a pagar fue el de envenenar al papa y mi nombre renacido en el circulo fue el de Seol Gamond. Reconocido por ser el perseguidor y el verdugo más grande que hayan tenido los alquimistas en la historia. Cazar alquimistas y quemarlos me permitía un control absoluto de las prácticas herméticas. Todo mi conocimiento estaba completamente al servicio del circulo. Traidor a la alquimia y a mi maestra, la gran Barbara Zdunk, ella me lo hizo saber dentro de mis pesadillas hasta el día de mi muerte".


La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 10)


La verdad funesta detuvo al Cardenal Aguirre como lo hizo con su amigo. Apenas dio el primer paso en el panteón, Ana le mostró unas visiones únicas e indiscutibles. Las miradas, las mil vidas y las mil muertes cayeron como plomo sobre ese despreciable hombre. La mañana encontró al Cardenal Aguirre pálido y desorientado entre las tumbas, acompañado a la distancia siempre por unos fieles guardaespaldas.
El linyera y el guardián que escoltaron a Ana no emitieron juicio ni ninguna pregunta cayó sobre ella. La llevaron al hotel y esperaron... si realmente un cliente emitía una queja caería en la crisálida del caballero. Él y solo él emite juicio sobre las faltas y ordena los distintos tipos de castigos.
Eso nunca pasó y ninguna de las terribles penas imaginadas cayeron sobre Ana, todo lo contrario, el circulo le daba gotas de gracia y mas vida. La ley de miles de años se conservaba intacta: Nadie pregunta y todos silencian, y a pesar de eso el círculo nunca se detiene. Dicen que algunas mariposas monarcas viven tanto como viven los hombres.
El secreto dentro del secreto. Muchos clientes especiales del círculo le pedían a Ana al caballero de la crisálida. Ese hombre alto y de manos grandes que le hizo su primera entrevista. Desde su despacho atendía los mensajes a puño y letra y no preguntaba nunca el porqué a esos clientes, nadie preguntaba nada en aquel lugar, pero la demanda hizo que el caballero en la crisálida pidiera sumas cada vez más cuantiosas de oro por una noche con la joven prostituta. La cantidad de oro que Ana hizo los primeros meses de trabajo hubieran servido para comprar todo el pueblo de Constancia. Sin embargo ella solo estaba aquí para buscar a una amiga perdida llamada Marcela y todavía no se animaba a pedirlo otra vez al alto caballero. Solo la buscaba preguntándoles a los muertos, las únicas personas que le fueron permitidas apenas llegó a esta gran ciudad... pero no obtenía resultados. Los muertos extrañamente no la conocían.


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