Ella no había podido dormir bien esas dos semanas, entre tantos nervios y entre tantas cosas por descubrir en las habitaciones lujosas en que le tocaba vivir.
Ana se preguntó por supuesto si había más mujeres como ella y lo preguntó una noche de trabajo al linyera canoso y a su guardián. El linyera contestó indulgente:
Ana se preguntó por supuesto si había más mujeres como ella y lo preguntó una noche de trabajo al linyera canoso y a su guardián. El linyera contestó indulgente:
- Toda pregunta está prohibida, pero sin embargo toda respuesta, enseñanza que da el círculo es una gracia inmensa. Como una muestra de confianza a su elegido. Usted ha hecho un buen trabajo y como verá, ni yo ni el caballero le hemos preguntado como usted lo hace, ni que es lo que hace. La gracia viene sin que se pronuncie jamás una pregunta.
Ana ya con más confianza vuelve temeraria a preguntar.
- ¿Si yo le confieso mi secreto usted me responde la pregunta que le hice?
- ¿Si yo le confieso mi secreto usted me responde la pregunta que le hice?
El guardián sale rápidamente de la avenida y detiene el auto, esperaba la orden del linyera para liquidar a la joven de un balazo. El linyera lo detiene con una mirada, luego esa mirada misma se clava detenidamente en Ana que se apretaba entre los asientos, temerosa ahora de lo que había desencadenado se disculpó con una mirada baja. Sorpresivamente el linyera le dice:
- La escucho.
- La escucho.
Ana se toma unos segundos indecisa y luego murmura breve:
- Yo solo les hablo a los clientes de sus pecados, solo los más importantes en cualquiera de sus vidas.
- Yo solo les hablo a los clientes de sus pecados, solo los más importantes en cualquiera de sus vidas.
El linyera canoso se sorprendió ante esa respuesta, pero notó que la mujer hablaba con la verdad. No podía preguntar más y solo comenzó a acomodarse insatisfecho en el asiento. Hace señas al guardián para que encienda el auto y avance otra vez hacia el cementerio de la Chacarita. Con su voz fuerte le habla:
- Los lugares donde trabajan los caballeros del circulo son llamados "las crisálidas". Un puñado de personas plebeyas, tanto hombres o mujeres como usted nacen todos los días dentro del círculo, solo que algunas cometen errores y como algunas mariposas tan solo viven un día.
Ana se convirtió en un oráculo secreto para esos hombres lujuriosos del poder. Jamás ninguno llegó siquiera a tocarla. La respetaban y le temían, también sobre todo la necesitaban. El primer hombre, el calvo con anteojos llamado Augusto Borcino sirvió para recomendarla por primera vez dentro del circulo. Una logia que Ana identificaba por la efigie sutil de un hombre toro en algún lugar de la ropa. El hombre calvo (como todos los que seguirían en la lista de clientes), salió desbandando de aquel panteón y nunca jamás pidió cita con la joven prostituta. Después de haber pasado algunas semanas otorga la gracia del círculo y le confiesa su secreto a su amigo mas intimo. Un cardenal de apellido Aguirre. Perplejo Aguirre escucha la absurda anécdota que le contaba su amigo Borcino, pedía que se la repitiera una y otra vez sin entender como su astuto amigo hubiera podido caer en un simple truco espiritista. Aguirre entrado en cólera por ver a su compañero en un estado de demencia, amenazó con denunciar a la prostituta dentro del círculo para que sea saneada inmediatamente. Pero las insistencias del hombre calvo para que no lo hiciera lo detuvieron. De todas formas el Cardenal Aguirre encarga ese mismo día un pasaje de avión hacia Buenos Aires y le reclama al caballero del círculo esa prostituta y ese mismo panteón deshabitado. Aguirre, otro hombre vulgar y escéptico solo tiene pensamientos de burla hacia Borcino, durante el trayecto que lo trae a Buenos Aires, concebía solo en desenmascarar a la joven y traer consigo el desagravio.
Ese segundo cliente, movido solo por un deseo lujurioso y de burla entró en el mausoleo reservado esa misma noche, con un único propósito oscuro, pero común dentro del círculo, Abusar de la joven prostituta y tal vez matarla...

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