Una mujer llamada Luciana Borcino le relata a Ana una historia. Ana se la repite grave en aquel recinto vacío a su hijo. Un hombre mayor y de voz pequeña llamado Augusto Borcino.
"- El niño fue creciendo con los cuidados excesivos de una madre desocupada y muy adinerada. Se movió en todos los lugares como el centro de la escena, el niño a mimar y celebrar, el adolescente complacido y presumido, el joven audaz y cruel con amistades cómplices, el hombre de negocios que prosperaba rápidamente en las sombras gracias a las sangrientas masacres que provocaba en países pobres con recursos ricos. Todo impedimento en su objetivo era de alguna manera sobornado o eliminado. Sin embargo, el dinero no representaba mucho valor para el círculo. A pesar de que los Borcino fueron hombres miembros del círculo desde muchas generaciones, Augusto no podría. Su fallecido padre nunca había sido miembro, no era un hombre de poder, Augusto Borcino era el fruto de los amores de su madre y un joven sirviente de las caballerizas. Aquella mancha que la familia Borcino pudo bien ocultar de la sociedad aristócrata española, no podría de ninguna manera ocultársela al círculo.
Cuarenta años después, amigos de Augusto Borcino como el Cardenal Aguirre y el banquero John Pierpont Morgan dan la gracia para que Augusto sea admitido en el círculo. Pero el caballero desde la crisálida pedía el mismo precio que siempre pidió en casos similares. Tendría augusto Borcino que matar por asfixia, o por fuego, o por sed, o por inanición a su propia madre. Como lo habían hecho otros tantos otros cientos de bastardos en la historia en favor de una membrecía y una gracia del poder. Alexander Hamilton, Thomas Edward Lawrence, Alberto Aceval, algunos de los últimos hombres bastardos que tuvieron desde las sombras la horrenda bajeza de matar a sus madres para complacer al hombre toro y sus caballeros. La curiosa posibilidad al caso... Matar para poder nacer.
Cuarenta años después, amigos de Augusto Borcino como el Cardenal Aguirre y el banquero John Pierpont Morgan dan la gracia para que Augusto sea admitido en el círculo. Pero el caballero desde la crisálida pedía el mismo precio que siempre pidió en casos similares. Tendría augusto Borcino que matar por asfixia, o por fuego, o por sed, o por inanición a su propia madre. Como lo habían hecho otros tantos otros cientos de bastardos en la historia en favor de una membrecía y una gracia del poder. Alexander Hamilton, Thomas Edward Lawrence, Alberto Aceval, algunos de los últimos hombres bastardos que tuvieron desde las sombras la horrenda bajeza de matar a sus madres para complacer al hombre toro y sus caballeros. La curiosa posibilidad al caso... Matar para poder nacer.
Augusto Borcino, aquel pedido lo maduró en oscuros pensamientos. Había matado algún hombre o alguna mujer en su vida, pero no tenía el coraje de cometer una bajeza tan aborrecible y desagradecida como el matricidio. Aparte del poder, su madre era lo único que amaba en el mundo.
A pesar de ser alguien caprichoso, el era un hombre muy cauto, tuvo solo el deseo interno e intenso de ser parte del circulo del hombre toro por mucho tiempo, como lo habían sido sus antepasados, como debían serlo sus hijos. Esperó el momento y los momentos se hacen presentes al atento.
A pesar de ser alguien caprichoso, el era un hombre muy cauto, tuvo solo el deseo interno e intenso de ser parte del circulo del hombre toro por mucho tiempo, como lo habían sido sus antepasados, como debían serlo sus hijos. Esperó el momento y los momentos se hacen presentes al atento.
Mi hijo se abalanzó sobre mí una tarde del 2 de julio de 1888 y empezó a apretar mi cuello. Escuche débil unas disculpas, unas excusas, nombró a sus hijos y la continuidad de la familia, un poder real, un hombre con cabeza de toro. Comenzó a ahogarse en su propio llanto y entonces pude zafar de su mano fuerte. Intenté huir pero un golpe con algo solido dio en mi nuca y perdí el conocimiento. Luego el fuego, el fuego me despertó, no rodeándome, no quemando la casa sino sobre mi ropa, quemando mi cabello y mi carne, la carne de mis ojos. En ese momento de horror me señalo el pecho y corro hacia donde estaban los ventanales, no voy hacia las escaleras como aquella vez en que me atacó el dolor de un parto, voy hasta los altos ventanales y me arrojo por ellos para poder morir".

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