Apenas entró el Cardenal Aguirre al panteón, Ana notó que lo acompañaba una mujer muerta, de la misma forma que cuando entró Augusto Borcino por primera vez. Pero la diferencia notable era que esta mujer venia en esta noche por propia voluntad y con un gran poder. No era una anciana de pelo blanco y pasos largos, sino mas bien esta vez era una mujer joven de pelo negro y pasos soberbios como los de un felino. Era de una belleza inquietante, estaba desnuda y a la vez no, un gran fuego por ahora inexplicable la cubría y la soltaba por momentos.
- ¿Cómo te llamas?-. Preguntó Ana, de la misma manera que con su primer cliente, el Cardenal Aguirre contestó adueñándose de la pregunta.
- ¿Cómo te llamas?-. Preguntó Ana, de la misma manera que con su primer cliente, el Cardenal Aguirre contestó adueñándose de la pregunta.
- Eso dígamelo usted, me dijeron que es una bruja.
La mujer muerta cubierta con fuego sonrió con malicia, como si fuera víctima ella de una provocación al escuchar esas palabras, avanzó unos pasos hasta Ana y su asiento de mármol y le susurró algo a su oído. El aliento dio caliente sobre su cara, como si fuera de alguien aun vivo entre un cuerpo de carne.
Aguirre observaba los movimientos y los gestos inasibles de la joven prostituta, como si estuviera atento a producirse en cualquier momento algún tipo de astucia o engaño. Luego Ana muy calma pero casi gritando le dijo:
Aguirre observaba los movimientos y los gestos inasibles de la joven prostituta, como si estuviera atento a producirse en cualquier momento algún tipo de astucia o engaño. Luego Ana muy calma pero casi gritando le dijo:
- La diferencia entre usted y yo es que los muertos a mi me recuerdan todas mis vidas, en cambio usted, da soberbio el primer paso aquí ignorándolo todo y con el propósito solo de violarme y matarme. Solo le digo Cardenal Aguirre, que cada paso que usted de hacia mí es un paso que usted dará dentro de una antigua vida... con todas las consecuencias de horror y alegría que eso atañe y que la providencia le ha ordenado olvidar.
El panteón quedó en silencio y la voz fuerte de Ana hizo que los cuatro hombres que aguardaban afuera escucharan sorprendidos esa advertencia. Aguirre sonrió, con media sonrisa como solía sonreírle a todo lo que subestimaba. Dio un paso lentamente hacia Ana y se detuvo, como provocándola.
La amenaza se cumplió como se había sentenciado y Aguirre vio caer sobre su cabeza una ilusión extraña pero muy real, era como si un cuerpo inerte se le viniera encima. Hizo unos movimientos para cubrirse con sus manos y retrocedió, pero eso era inútil y ya era tarde. Mientras el cardenal comenzaba a observar en un estado catatónico los traumas y las alegrías de un pasado olvidado, Ana empezaba a repetir lo que la mujer muerta entre llamas vivas le susurraba caliente al oído:
La amenaza se cumplió como se había sentenciado y Aguirre vio caer sobre su cabeza una ilusión extraña pero muy real, era como si un cuerpo inerte se le viniera encima. Hizo unos movimientos para cubrirse con sus manos y retrocedió, pero eso era inútil y ya era tarde. Mientras el cardenal comenzaba a observar en un estado catatónico los traumas y las alegrías de un pasado olvidado, Ana empezaba a repetir lo que la mujer muerta entre llamas vivas le susurraba caliente al oído:
"- Mi nombre es Barbara Zdunk. Y tu nombre en la última vida fue Jakob Auster. Como en esta vida, ya desde tempano también estuviste ligado a la iglesia, a la alquimia y al poder. Recuerdo la primera vez en que te conocí, eras solo un pequeño monaguillo asustado de nueve años con el mote aldeano de Borrego Jak.
Yo estaba a salvo en la muerte hasta que viniste a buscarme ¿Tengo que pertenecerte acaso Borrego Jak? Tienes la incertidumbre en el andar, tiemblas ante la cara del espanto, duermes en la ignorancia y la pereza ¿Acaso te crees digno de llevarme a la vida?
Aun así te recuerdo en mi último atardecer, como niño presenciaste cuando los arboles callaron. Yo era una gran alquimista, pero me señalaron por brujería por el solo hecho de ser mujer y tener la insolencia de practicarla, me condenaron a morir como una bruja. La madera se apiló aun verde sobre el centro del pueblo, me untaron los pies en brea y me hicieron caminar hacia ella. Nunca habías visto antes estos preparativos y encandilado me viste avanzar entre esa muchedumbre expectante.
Aun así te recuerdo en mi último atardecer, como niño presenciaste cuando los arboles callaron. Yo era una gran alquimista, pero me señalaron por brujería por el solo hecho de ser mujer y tener la insolencia de practicarla, me condenaron a morir como una bruja. La madera se apiló aun verde sobre el centro del pueblo, me untaron los pies en brea y me hicieron caminar hacia ella. Nunca habías visto antes estos preparativos y encandilado me viste avanzar entre esa muchedumbre expectante.
Así como las bestias, los hombres nacen de la misma forma y así como las bestias los hombres abandonan su cuerpo. Saben también los sacerdotes que las hogueras huelen igual a la carne asada de las bestias que ellos comen y eso perturba el apetito de los novatos por algunos días. Lo que nunca se acostumbra el alma en estos autos de fé es al parecido perturbador entre el grito del hombre y el de la bestia en el momento del sacrificio.
Cuéntame ahora hombre del crepúsculo, cuando las aves trinaban ausencias rumbo al sur. Las partes que no fueron quemadas tú las conservaste supersticiosamente, sabiamente, por que los restos de mi cuerpo abrasado están marcados aun con tu presencia y tu misión sobre la mía. Borrego Jak, me viste avanzar digna, joven, poderosa en mi silencio mientras mi piel tocaba la del dios abrasador. El fuego, terrible es el fuego (aquel dios es tan parecido a los hombres que hasta también respira) No se detuvo, me comió mi aliento con el suyo. Aspiró todo el aire y exhaló un veneno que atonta la conciencia para salvarla de tanto dolor ¡Bruja no soy! ¡Alquimia soy! los inquisidores me han convertido en oro y no lo supieron

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