La muerta tras el fuego, después de un breve suspiro continúa relatando su historia:
“- Las flores del árbol que crece en la noche son blancas, las hojas del árbol que crece en la noche son negras. La corteza del árbol que crece en la noche es negra, la mujer que habita en el árbol que crece en la noche es blanca, de cabello negro largo. Ella es señora de un sueño. Sabemos que hay un estadío de vida y muerte, sabemos también de una luz y una oscuridad, de una vigilia y un sueño. Ahora bien sabemos del hombre, pero nada, nada sabemos de lo otro que camina a su lado. En el árbol que crece en la noche, lo otro es lo que sigue, es lo que acompaña.
Sin quererlo el lugar se había transformado en un sueño, era árido y seco, áspero a cualquier sentido. Estar en él era convivir con una sed insufrible. Recuerdo haber caminado tanto, como ningún cuerpo pudiera resistir, recuerdo también haberme bañado en un río crujiente y áspero que terminó arrastrando parte de mi piel. Todo allí era una trampa, una trampa perfecta porque no tenía recuerdos, los únicos recuerdos que habitan en un sueño son recuerdos de otros sueños. O sea que todos mis recuerdos eran falsos, sobrepuestos unos a otros, inyectados por la gran madre que habita el árbol y cuyo nombre es sagrado.
Un pecado horrible me insistía a seguir caminando, y yo lo hacía, quería saldar esa deuda con la eternidad aunque no supiera, ni sospechara qué clase de pecado fue el que me trajo a ese lugar. Luego, en la rutina de la tortura aconteció una tormenta que lo llevaba todo, nada era visible salvo la presencia que se aproximaba, no recordaba quien era pero me desesperaba un espanto incontrolable, era mi verdugo-.".
Entonces ocurre algo inesperado, el Cardenal Aguirre desde el piso, aferrándose espantado al cemento negro de las paredes comenzó también a hablar en un estado intenso de locura. En una vida pasada fue el gran verdugo que tuvo la alquimia.
"- Recuerdo aquella vez que trajeron para quemar en la plaza central a una mujer dentro de un sambenito, no la llevaban a la rastra sino que caminaba digna a pesar de la tortura de haber confesado todo a sus inquisidores, orgullosa a pesar de que sería sacrificada viva en el fuego dentro de unos momentos. Me impresionó (a mis nueve años de edad, a mi timidez y mi cobardía) ese andar majestuoso frente a la muerte y a la justicia humana, pero me impresionó aun mas que una persona con ese poder admirable sobre si misma estuviera sin embargo aquí en el mundo bajo otro poder, un poder que decidía que estaba bien o que estaba mal, que vivía y que moría, en qué condiciones se vivía y en qué condiciones se moría. Muchos años después de este sacrificio investigué sin descanso hasta tropezarme casi de casualidad con la verdad, la verdad de que ese poder tenía un nombre sobre este mundo: El Circulo de Moch y el hombre con cabeza de toro.
Aun con mis ropas de misario me ubiqué entre los primeros lugares frente a la hoguera e intentaron varias veces quitarme por ser un niño, cuando el fuego comenzó a arder se olvidaron de mi y vi el espectáculo mas maravilloso que un hombre puede ver. Alguien a mi lado comentó que la mujer atada en el madero no se había arrepentido de nada frente al inquisidor y que por ese motivo la leña verde sobresalía de la leña seca, todo bien administrado para hacer más larga su agonía.
Sin embargo los altos sacerdotes no tuvieron poder sobre el fuego y las llamas se abalanzaron sobre ella al instante. Todos se percataron de que aquel suceso era algo prodigioso, se persignaron y lo atribuyeron al dios de los cielos, aunque en sus caras solo había miedo y desprecio. Yo supe también que allí había otro fuego, ese fuego era una presencia, se hizo alto como nunca y ella gritó desbordada por el dolor... pero solo por unos momentos, luego volvió a la calma, nadie lo notó pero el Borrego Jak si pudo notarlo. Ella comenzó a sostener lo que parecía una oración, era una conversación ¿Una conversación con quién en ese momento de tribulación? Algunos dieron un paso hacia atrás asustados, yo di un paso más hacia adelante, quería verla. Siempre se burlaron del Borrego Jak pero ahora ellos estaban asustados y yo me veía extasiado de valor, quería saber, quería ese poder. Ella era Barbara Zdunk, hija de plebeyos se había convertido bajo la intimidad de su cocina en la alquimista más peligrosa de toda Prusia.
Sin embargo los altos sacerdotes no tuvieron poder sobre el fuego y las llamas se abalanzaron sobre ella al instante. Todos se percataron de que aquel suceso era algo prodigioso, se persignaron y lo atribuyeron al dios de los cielos, aunque en sus caras solo había miedo y desprecio. Yo supe también que allí había otro fuego, ese fuego era una presencia, se hizo alto como nunca y ella gritó desbordada por el dolor... pero solo por unos momentos, luego volvió a la calma, nadie lo notó pero el Borrego Jak si pudo notarlo. Ella comenzó a sostener lo que parecía una oración, era una conversación ¿Una conversación con quién en ese momento de tribulación? Algunos dieron un paso hacia atrás asustados, yo di un paso más hacia adelante, quería verla. Siempre se burlaron del Borrego Jak pero ahora ellos estaban asustados y yo me veía extasiado de valor, quería saber, quería ese poder. Ella era Barbara Zdunk, hija de plebeyos se había convertido bajo la intimidad de su cocina en la alquimista más peligrosa de toda Prusia.
En la noche más clara volví hasta donde estuvo la hoguera y guardé en un saco los restos de aquel sacrificio, en la superstición mas pueril creía que en aquellos restos de hueso y ceniza se encontraba un poder inmenso, no me equivocaba.
Durante esa noche y las que siguieron tuve sueños intensos que no llegaban a ser pesadillas, pero sin embargo me sobresalía un sabor de desconcierto y de mensajes que se entrecruzaban unos sobre otros y que no podría, por más que quisiese, entenderlos nunca.
Sobre una mañana el sueño me asaltó cuando me disponía a comenzar mis tareas diarias. Era un sueño empalagoso y pesado al que no pude poner resistencia. En ese sueño apareció la mujer de la hoguera, Barbara Zdunk me indicaba un lugar en el guardarropa. Allí es donde había escondido los restos de su cuerpo quemado. Salvo algunos detalles que pude adivinar dentro del sueño, aquello era un replica casi exacta de mi habitación. Pero las ventanas estaban tapiadas por una lona gris que no reconocía, en mi habitación real no había cortinas. La mujer volvió a buscar mi atención e insistió con el guardarropa, le hice caso y saqué de él ese bolso con las cenizas. Busqué en el hasta encontrar algo parecido a una semilla, algo más pequeña que el carozo de un durazno. Barbara Zdunk imponente se coloca frente a mí y me hace señas para que coma de la semilla.
Eso fue todo el sueño, por supuesto que al despertar me agazapé hasta el mueble y tomé ese bolso, arrojé todo sobre el suelo y entre ceniza, dientes y huesos encontré la ignífuga semilla. La tragué sin pensarlo, como si un impulso voraz se hubiera apoderado de mi cuerpo.
A mis cortos nueve años y en la privacidad de mi casa descubrí los inicios de la alquimia.
Durante esa noche y las que siguieron tuve sueños intensos que no llegaban a ser pesadillas, pero sin embargo me sobresalía un sabor de desconcierto y de mensajes que se entrecruzaban unos sobre otros y que no podría, por más que quisiese, entenderlos nunca.
Sobre una mañana el sueño me asaltó cuando me disponía a comenzar mis tareas diarias. Era un sueño empalagoso y pesado al que no pude poner resistencia. En ese sueño apareció la mujer de la hoguera, Barbara Zdunk me indicaba un lugar en el guardarropa. Allí es donde había escondido los restos de su cuerpo quemado. Salvo algunos detalles que pude adivinar dentro del sueño, aquello era un replica casi exacta de mi habitación. Pero las ventanas estaban tapiadas por una lona gris que no reconocía, en mi habitación real no había cortinas. La mujer volvió a buscar mi atención e insistió con el guardarropa, le hice caso y saqué de él ese bolso con las cenizas. Busqué en el hasta encontrar algo parecido a una semilla, algo más pequeña que el carozo de un durazno. Barbara Zdunk imponente se coloca frente a mí y me hace señas para que coma de la semilla.
Eso fue todo el sueño, por supuesto que al despertar me agazapé hasta el mueble y tomé ese bolso, arrojé todo sobre el suelo y entre ceniza, dientes y huesos encontré la ignífuga semilla. La tragué sin pensarlo, como si un impulso voraz se hubiera apoderado de mi cuerpo.
A mis cortos nueve años y en la privacidad de mi casa descubrí los inicios de la alquimia.
Con los años y la practica me convertí en el alquimista más reconocido y fui disputado por las cortes de los grandes reinos de Europa hasta que obtuve finalmente un alto cargo entre los asesores del Papa León XII. Allí finalmente obtuve la gracia y fui invitado a pertenecer como un miembro del circulo. Mi precio a pagar fue el de envenenar al papa y mi nombre renacido en el circulo fue el de Seol Gamond. Reconocido por ser el perseguidor y el verdugo más grande que hayan tenido los alquimistas en la historia. Cazar alquimistas y quemarlos me permitía un control absoluto de las prácticas herméticas. Todo mi conocimiento estaba completamente al servicio del circulo. Traidor a la alquimia y a mi maestra, la gran Barbara Zdunk, ella me lo hizo saber dentro de mis pesadillas hasta el día de mi muerte".

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