Todo comenzó con el primer cliente. La entrevista fue en los pisos altos de un importante edificio en el centro, la llevaron en un coche lujoso y la trataron muy bien. Iba a tener una entrevista con un hombre importante como le había dicho el encargado del café y el policía, no debía preguntar nada ni tampoco jamás emitir alguna queja. Disgustar a un cliente a veces significaba también perder la vida. Recuerda divertida entre tanto horror que se preguntaba con mucha curiosidad: ¿Cómo es que por un trabajo de moza había tanto protocolo y fatalidad?
Al final de un pasillo amplio con la iluminación mas fastuosa que jamás haya visto, estaba la puerta del despacho, donde estaría su entrevista. Aquel lugar era una oficina cargada con símbolos que Ana nunca había conocido. La entrevista fue breve aunque tuvo casi media hora de espera frente a su entrevistador en completo silencio. Era un hombre mayor, muy alto, que le ordenó con un gesto para que tomara asiento. Estaba escribiendo una carta lentamente. Ana mientras toma asiento se preocupa por su bolso negro que dejó al cuidado de los mozos del café. En ese bolso estaba lo poco que tenía. Estaba muy nerviosa y se mantenía en silencio mirando las pinturas que había en el despacho, todas tenían algo en común, un símbolo, un código que vio repetido en el edificio: Un híbrido de toro y humano con un fuego es su vientre.
Con el correr de los minutos su nerviosismo fue cayendo y hasta se animó a mirar algunos gestos en el hombre alto, se fijó con curiosidad en dos anillos llamativos con un toro, en un sujetador de corbata también de oro, una pluma de escribir de oro en unas manos grandes aunque delicadas y una parsimoniosa forma de escribir. La letra de aquel hombre era hermosa aunque no se animó a seguir mirándola para no ser descubierta. Notaba Ana por un sin fin de detalles que aquel hombre pertenecía a una clase de poder, a una casta acostumbrada a dar órdenes. Sobre todo en el hecho de escribir ininterrumpidamente, tan calmo a pesar de tener una persona al frente suyo. Ella no podría dejar esperando a alguien y estar tan tranquila, menos si esa persona la observa de cerca. Ana supuso con acierto que ese hombre estaba acostumbrado a ser observado, por haber tenido siempre, desde el principio de su vida un incontable número de asistentes a su alrededor. Desde sus nodrizas cuando era solo un bebé hasta estos dos guardaespaldas que aguardaban siempre sobre la puerta. No es que aquel hombre no tuviera intimidad, para él sus empleados no existían, eran invisibles como lo son para nosotros en un momento nuestros sentidos, nos sirven constantemente y solo notaríamos su presencia si no llegasen a estar.
El hombre al final habló y dejó en claro lo mismo que le dijo el policía y el encargado del café. Una queja de un cliente significaba la muerte. Una pregunta a un cliente que refiera a su vida personal estaba prohibido. El tiempo y el momento en que debiera trabajar dependería siempre de los clientes, no se permitiría queja alguna jamás. Los clientes eran personas muy poderosas y el silencio estaba siempre, siempre y en cualquier situación por encima de su vida. Para terminar el hombre dice:
-Esto es un pacto. De mi parte le prometo que no le hará falta nada y puede recurrir a mi si necesita algo por fuera del trabajo, del trabajo no se habla jamás, ni conmigo ni con nadie, nunca. ¿Usted ha entendido todo esto no?
Ana asiente y da las gracias aunque entiende muy poco.
Con el correr de los minutos su nerviosismo fue cayendo y hasta se animó a mirar algunos gestos en el hombre alto, se fijó con curiosidad en dos anillos llamativos con un toro, en un sujetador de corbata también de oro, una pluma de escribir de oro en unas manos grandes aunque delicadas y una parsimoniosa forma de escribir. La letra de aquel hombre era hermosa aunque no se animó a seguir mirándola para no ser descubierta. Notaba Ana por un sin fin de detalles que aquel hombre pertenecía a una clase de poder, a una casta acostumbrada a dar órdenes. Sobre todo en el hecho de escribir ininterrumpidamente, tan calmo a pesar de tener una persona al frente suyo. Ella no podría dejar esperando a alguien y estar tan tranquila, menos si esa persona la observa de cerca. Ana supuso con acierto que ese hombre estaba acostumbrado a ser observado, por haber tenido siempre, desde el principio de su vida un incontable número de asistentes a su alrededor. Desde sus nodrizas cuando era solo un bebé hasta estos dos guardaespaldas que aguardaban siempre sobre la puerta. No es que aquel hombre no tuviera intimidad, para él sus empleados no existían, eran invisibles como lo son para nosotros en un momento nuestros sentidos, nos sirven constantemente y solo notaríamos su presencia si no llegasen a estar.
El hombre al final habló y dejó en claro lo mismo que le dijo el policía y el encargado del café. Una queja de un cliente significaba la muerte. Una pregunta a un cliente que refiera a su vida personal estaba prohibido. El tiempo y el momento en que debiera trabajar dependería siempre de los clientes, no se permitiría queja alguna jamás. Los clientes eran personas muy poderosas y el silencio estaba siempre, siempre y en cualquier situación por encima de su vida. Para terminar el hombre dice:
-Esto es un pacto. De mi parte le prometo que no le hará falta nada y puede recurrir a mi si necesita algo por fuera del trabajo, del trabajo no se habla jamás, ni conmigo ni con nadie, nunca. ¿Usted ha entendido todo esto no?
Ana asiente y da las gracias aunque entiende muy poco.
- ¿Usted es virgen?
¿Que tenía que ver esa pregunta con el trabajo en el café, estaba asustada e incómoda pero solo atinó a asentir entre tanta confusión, como desde el primer momento en que llegó a Buenos Aires.
¿Que tenía que ver esa pregunta con el trabajo en el café, estaba asustada e incómoda pero solo atinó a asentir entre tanta confusión, como desde el primer momento en que llegó a Buenos Aires.
- Ahora le harán unos exámenes de rutina unos médicos, Mañana a la dos de la madrugada usted visitara a su primer cliente , pasarán a buscarla por su hotel. No hay nada más que hablar ¿alguna pregunta?
Ana asiente otra vez con su cabeza
- Si, estoy buscando a una amiga se llama Marcela Goeytes
- Si, estoy buscando a una amiga se llama Marcela Goeytes
- Bueno- la interrumpe el hombre alto mientras escribe calmo ese nombre en una hoja- eso lo veremos más adelante. Buenas noches, que descanse.
Los guardaespaldas parecen estar siempre alertas al saludo que emite el hombre alto y como perros atentos a los sonidos de su amo entran en el despacho y la invitan a Ana para que los acompañe.
Vuelve a subirse en aquel auto lujoso y se deja llevar primero a un clínica lujosa donde le hacen unos estudios y unas preguntas. Luego ya entrada la noche la llevan finalmente a un hotel muy hermoso. Ana comienza a mirar a los que salen y entran de ese hotel como compañeros de trabajo, ninguno realmente lo es.
Pregunta con mucha timidez cuantas horas serian las que trabajaría en el café a uno de los guardaespaldas. Los tres hombres se miran burlonamente, no le contestan y solo siguen hablando con el dueño del hotel. Pregunta una vez más Ana al guardaespaldas por el café donde trabajaría y que necesita recuperar su bolso con sus pertenencias. El guardaespaldas esta vez le contesta cordialmente.
Vuelve a subirse en aquel auto lujoso y se deja llevar primero a un clínica lujosa donde le hacen unos estudios y unas preguntas. Luego ya entrada la noche la llevan finalmente a un hotel muy hermoso. Ana comienza a mirar a los que salen y entran de ese hotel como compañeros de trabajo, ninguno realmente lo es.
Pregunta con mucha timidez cuantas horas serian las que trabajaría en el café a uno de los guardaespaldas. Los tres hombres se miran burlonamente, no le contestan y solo siguen hablando con el dueño del hotel. Pregunta una vez más Ana al guardaespaldas por el café donde trabajaría y que necesita recuperar su bolso con sus pertenencias. El guardaespaldas esta vez le contesta cordialmente.
- Todo lo que necesite de ropa quizás lo encuentre en la misma habitación, si no es así, aquí en el hotel se lo conseguirán. A las dos de la madrugada vendremos a buscarla para su primer día de trabajo, estese preparada.

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