No siempre el rastro lo encuentran los que andan buscando, el rastro muchas veces lo encuentran a uno sin rumbo y le muestran un sendero. Tal es el caso del primer cliente que tuvo Ana.
La invitaban a Ana ingresar a un panteón deshabitado y sin llaves. La claridad que había dentro era por la luz artificial que un conjunto de vitreaux y ventanas oxidadas traían del alumbrado. A Ana la sorprendió un espacio más amplio y limpio de lo que parecía afuera. Se imaginó encontrarse también con un montón de ataúdes pero el lugar estaba vacío, no había cuerpo ni vivo ni muerto salvo el de ella, pues el linyera y su guardián le cerraron la puerta apenas dio un paso adentro.
Había unos grandes asientos de mármol sobre las paredes que miraban el vacio que debían ocupar los sepulcros. Ana después de unos instantes toma coraje y avanza hacia uno de ellos, comienza a mirar de rodillas por una de las ventanas lo que pudiera estar pasando afuera. Fue un alivio, ella pensaba que el cliente estaba ya dentro del panteón esperándola. Lo imaginó con la cara misma de un monstruo, lo era.
Había unos grandes asientos de mármol sobre las paredes que miraban el vacio que debían ocupar los sepulcros. Ana después de unos instantes toma coraje y avanza hacia uno de ellos, comienza a mirar de rodillas por una de las ventanas lo que pudiera estar pasando afuera. Fue un alivio, ella pensaba que el cliente estaba ya dentro del panteón esperándola. Lo imaginó con la cara misma de un monstruo, lo era.
Todos los minutos de espera allí dentro los ocupó mirando por el vidrio de esa ventana desteñida por años, con la indiferencia de siempre a todo ese mundo de presencias sutiles que se acercaban e intentaban hablarle.
El cliente comenzó a presentirse como el ruido de un motor acercándose lentamente al lugar, luego empieza a hacerse visible como un auto oscuro, también muy lujoso y con luces apagadas.
Otros guardaespaldas nuevos descienden del vehículo y abren una de las puertas traseras, el cliente se baja sin apuro y da una mirada satisfecha hacia todo ese paisaje. Era un hombre calvo de mediana estatura y ojos muy claros, con anteojos grandes de un marco grueso que se adivinaban castaño claro en la luz. Un sobretodo largo de color azul le llegaba hasta las rodillas. Saludo al linyera sin mirarlo y ambos intercambiaron brevemente unas palabras. Ana observaba la conversación sentada y por momentos buscaba con la mirada algún lugar que le permitiera escapar, no había escape, salvo la pequeña botella azul que se apretaba en su mano. Luego pasó algo que la sorprendió mucho. El cliente calvo tomó con su mano derecha el adorno que colgaba desde el cuello al linyera, se arrodilló con ambas piernas y besó esa efigie. El linyera canoso entonces le posó su mano mugrosa en la cabeza calva como dándole algún tipo de bendición.
El cliente se pone a murmurar algo y luego de pie sacude menudamente la suciedad que se le adhirió a sus rodillas, Coloca sus manos por detrás y sin prestar atención a las miradas de los otros hombres, se pone en camino rumbo al panteón.
Ana se sienta entonces muy derecha sobre ese banco, rígida como el mármol se mantiene expectante a esa puerta y a los sonidos que se van acercando.
Entonces también nota que ese panteón a pesar de estar deshabitado se estaba empezando a poblar compacto de muertos sin cuerpo y sin nombre pero con una voz clara. Todo era un murmullo burbujeante.
El hombre calvo entra en el panteón con unos zapatos que marcaban dolorosamente fuertes sus pasos en aquel espacio, cierra la puerta detrás de sí, y comienza a mirar a Ana mientras se quita su sobretodo. Le dice con una voz de hombre pequeño:
- La imaginaba mas chica, más chica de edad, eso me dijeron.
El cliente comenzó a presentirse como el ruido de un motor acercándose lentamente al lugar, luego empieza a hacerse visible como un auto oscuro, también muy lujoso y con luces apagadas.
Otros guardaespaldas nuevos descienden del vehículo y abren una de las puertas traseras, el cliente se baja sin apuro y da una mirada satisfecha hacia todo ese paisaje. Era un hombre calvo de mediana estatura y ojos muy claros, con anteojos grandes de un marco grueso que se adivinaban castaño claro en la luz. Un sobretodo largo de color azul le llegaba hasta las rodillas. Saludo al linyera sin mirarlo y ambos intercambiaron brevemente unas palabras. Ana observaba la conversación sentada y por momentos buscaba con la mirada algún lugar que le permitiera escapar, no había escape, salvo la pequeña botella azul que se apretaba en su mano. Luego pasó algo que la sorprendió mucho. El cliente calvo tomó con su mano derecha el adorno que colgaba desde el cuello al linyera, se arrodilló con ambas piernas y besó esa efigie. El linyera canoso entonces le posó su mano mugrosa en la cabeza calva como dándole algún tipo de bendición.
El cliente se pone a murmurar algo y luego de pie sacude menudamente la suciedad que se le adhirió a sus rodillas, Coloca sus manos por detrás y sin prestar atención a las miradas de los otros hombres, se pone en camino rumbo al panteón.
Ana se sienta entonces muy derecha sobre ese banco, rígida como el mármol se mantiene expectante a esa puerta y a los sonidos que se van acercando.
Entonces también nota que ese panteón a pesar de estar deshabitado se estaba empezando a poblar compacto de muertos sin cuerpo y sin nombre pero con una voz clara. Todo era un murmullo burbujeante.
El hombre calvo entra en el panteón con unos zapatos que marcaban dolorosamente fuertes sus pasos en aquel espacio, cierra la puerta detrás de sí, y comienza a mirar a Ana mientras se quita su sobretodo. Le dice con una voz de hombre pequeño:
- La imaginaba mas chica, más chica de edad, eso me dijeron.
Ana no contesta pero nota entre todas las presencias, a una muy poderosa que rondaba alrededor del cliente, al parecer un odio la hacía fuerte.
Era una mujer madura, alta, de pelo largo y canoso ¿rubio muy claro? , tenía ojos muy celestes y grandes. Vestía una especie de camisón claro y andaba descalza con pasos largos. Miraba el rostro del hombre calvo y susurraba, a veces también ponía una mano en su frente pero por supuesto, el hombre calvo ni siquiera lo notaba.
Era una mujer madura, alta, de pelo largo y canoso ¿rubio muy claro? , tenía ojos muy celestes y grandes. Vestía una especie de camisón claro y andaba descalza con pasos largos. Miraba el rostro del hombre calvo y susurraba, a veces también ponía una mano en su frente pero por supuesto, el hombre calvo ni siquiera lo notaba.
- ¿Cómo te llamas? Le pregunta Ana a esa mujer muerta. El primer cliente adueñándose de la pregunta le grita sorprendido
- ¡Acaso no te han explicado las reglas de este juego! Una pregunta equivale a una muerte.
- ¡Acaso no te han explicado las reglas de este juego! Una pregunta equivale a una muerte.
Ana le hace señas para que guarde silencio, su voz de pequeño hombre no le dejaba escuchar lo que le respondía la mujer muerta
"Mi nombre era Luciana Borcino y este hombre demonio que esta frente tuyo se llama Augusto Cesar Borcino. El es mi hijo".
La mujer muerta le contesta a la joven que preguntó sentada firme sobre un asiento de mármol. Su impasibilidad la rehacían ahora como una sacerdotisa heroica en la mente del cliente calvo. La muerta con pasos descalzos y largos se siente entusiasmada por esa simple pregunta. Acercándose a la confidente, comienza un relato largo que Ana va repitiendo en voz alta. El asombro de ese primer cliente al escuchar claramente su nombre y más aun, escuchar el nombre apagado de su fallecida madre lo dejan inmóvil, confundido, curioso, lleno de espanto. Los roles de poder cambian por primera vez en toda la historia del circulo y la victima se vuelve algo amenazante.

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