La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 14)


Se despierta otra vez boca arriba sobre su cama, en su pequeña habitación del hospedaje San José de Retiro. Esta vez está vacía, pero sin embargo la puerta está cerrada y no puede asegurarse si es que no hay alguien esperando en el pasillo. Su camisa sigue aun en el respaldo de la silla, afuera es de noche otra vez ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Levanta su mano derecha bien alta solo para ver si el mecanismo que mueve sus dedos funciona. Entonces ve en ella aquel anillo de oro con el perfil desteñido de un toro, ve también en esa mano una herida con sangre seca que cruza profunda tres de sus dedos. Le viene con detalle el recuerdo cuando furibundo los mordió sin intención. Pero ahora ningún dolor lo aflige, se encuentra en perfecto estado, se siente maravillosamente sereno y sin ningún malestar. Eso es muy extraño, ni siquiera siente en sus piernas las repercusiones de haber caminado durante dos días sin detenerse. Se pregunta si está muerto. Gira alborotado hacia la mesa de luz y en busca de la llave que tiene un velador de plástico, tira al piso su ya inútil cuchillo de hoja grande. Acciona la llave y la luz se prende al momento... no está muerto. Eso significa para él cuando los mecanismos responden. En sus sueños no funcionan nunca bien las llaves de luz, ni tampoco los grifos de agua, ni los relojes, ni los espejos, ni los escondites. Así lo aprendió hace mucho tiempo y nunca lo olvidó.
Olvidó quizás en una tarde de Constancia todos sus nombres o la cara entrañable de su madre y la muerte sin resistencia de su padre. Atrozmente olvidó a su hermana Magdalena y una caricia fugaz sobre los techos de la primera casa, pero sin embargo, no olvidó algunas otras cosas. No olvidó como manejar su auto para escapar de aquel Constancia severo. No olvido a mentir, ni tampoco su habito inherente de pensar en las noches. No olvidó el aroma íntimo de las acacias como uno nunca se puede olvidar de ninguna manera el andar en bicicleta, el escribir o el hablar. Elías tampoco olvidó nunca aquellas cosas habituales que la ilusión del sueño y la muerte no pueden hacer funcionar con detalle.
Aun vivo en ese mismo cuerpo de tantas vidas. Elías se sienta en la cama y pisa aquella montaña de billetes y monedas de oro. Sin prestarle atención solo abre la puerta de la habitación y sale al pasillo. Todo estaba en orden. Las otras habitaciones ahora estaban cerradas y él llama a todas las puertas. No había nadie, tampoco había nada, estaban todas deshabitadas, aun la de los chicos gritones del 25 que vivían con su madre. Bajó con un paso alerta hasta la recepción que da a la entrada del hospedaje y miró por unos momentos la ausencia de los dos cuerpos en el piso. Habían limpiado todo el lugar, como si allí nunca hubiese estado nadie. Entró en esas habitaciones grandes donde vivía el recepcionista y se extrañó en ver que a diferencia de las otras, estaba completamente todo amueblado y con una prolija serie de documentos y libros. Como no es de costumbre, reparó que las dos puertas del hotel estaban totalmente cerradas. Tanto la puerta grande de pesada madera y vidrio como la puerta de reja negra que da a la calle.
Las llaves de todo estaban encima del mostrador junto a un sobre. Cuando Elías abre el sobre lo recibe otra vez una marca de agua con la imagen de un hombre toro en la parte superior, debajo había solo una dirección, una fecha y una hora, nadie todavía firmaba esa carta.


0 comentarios:

Publicar un comentario

Buscar este blog