La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 13)


Rueda hasta caer al piso, su cuerpo sigue aun dormido pero un dolor difícil de describir se comienza a instalar desde las manos. Como si su brazo fuera una severa madera trata de hurgar torpemente debajo del colchón, cree estar tocando las formas del bolso y tira con todas sus fuerzas. No puede lograr moverlo. Su sensibilidad se irá reponiendo a su lugar, le habían dicho, pero también se hará con ello un dolor insoportable. Sigue con desesperación intentando desencajar aquel bolso pero fracasa, sin embargo logra ver uno de sus mangos y tira de él hasta sacarlo fuera de la cama, gira otra vez sobre su cuerpo hasta poder morder aquella manija con todas sus fuerzas. Sus sentidos estaban alertas, la cara era lo único que el sedante intencionalmente no había dormido. El dolor comenzaba a presenciarse más fuerte en las extremidades con un calor que parecía latir, como si algún ácido viscoso le hubiese sido inyectado a sus venas.
El dolor lo hace morder tenso y tira con esfuerzo hacia atrás, el bolso parece destrabarse y se desliza por el borde hasta a caer a su lado. Lo intenta abrir con su mano entumecida, pero el cierre se resiste, lo toma entre el dedo grande y el índice, mantiene aun mordiendo voraz la manija para sofocar el malestar, lentamente va cediendo y los dientes del cierre se abren como el vientre de una presa a su fiera. Arroja todo el interior del bolso al suelo. Mucho dinero, joyas, revuelve en ellas, luego entre las monedas de oro de Juan de Vergara. También entre muchos documentos y cartas, allí lo encuentra. Toma el anillo pero en el apuro no lo coloca en uno de sus dedos sino que lo lleva asido, ese es un gran error que lamentará luego.
Aquello perverso que le habían dado cuando estaba inconsciente se hacia presente, una presencia de pasos lentos. Siniestro, ese algo comenzaba a sitiarlo en el peor lugar en que uno puede ser sitiado, desde adentro.
Como un lázaro que intenta ponerse de pie, Elías empezó a inspeccionar las partes del cuerpo que ya le iban respondiendo y las otras partes que aun no. El veneno que duele o el veneno que duerme, no sabría decirlo, lo tenía aun en un estado extraño, como el hombre perdido que convive con la fiebre más alta e intenta hacer algo para salvarse.
Los ruidos se hacían más profundos en su cabeza, lentos y fuertes. Le exprimían los sesos esperando una manera de salir, el resquicio de esperanza. Realizó intentos imposibles para un despojo de hombre, la cama era tan pesada que sus brazos de cordón no podían moverla, sus piernas directamente estaban muertas. Elige la opción de comenzar a arrastrarse para ganar unos metros, al menos hasta que comiencen a despertar sus piernas. La respiración agitada se le hace tan audible como una tormenta. Los esfuerzos que hace para avanzar tan solo unos centímetros son de un intenso dolor, se dice que no va a lograrlo. Quiere abandonarse a una muerte ahí mismo, pero recuerda la advertencia de Ana sobre un dolor añejo e insoportable que creó una antigua alquimista. Un dolor que hace sufrir el morir miles de veces, pero que sin embargo no quita la vida.
Se maldijo una y otra vez ¿Para qué se arrojó hasta el suelo? ¡Qué decisión estúpida! Ahora no alcanzaría nunca la mesa de luz del otro lado de la cama y tomar ese cuchillo que le diese una muerte digna. No podría darse muerte, una muerte completa de una buena vez por todas.
Arañó el colchón pesado en un intento de subirse otra vez a la cama pero el colchón comenzó a venírsele encima. Se arrastró sobre aquella montaña de billetes y joyas para tomar de regreso uno de los caños del pesado catre. La sensibilidad en los miembros regresaba de a poco y el dolor se hacía ahora en un grito de sonidos. El roce de sus dedos contra la débil aspereza del colchón le producía un ruido insoportable en su mente. El rasguido de sus zapatos por el suelo lo desbocaban de furia. Logra elevarse. Grita desaforado pidiendo ayuda, nadie en ese hospedaje estaba vivo para socorrerlo, todos estaban ya muertos y mirándolo. Grita otra vez, el eco del primer grito se devuelve a su cabeza, impacta como un eco creciente entre sus nervios y lo desvanece aturdido por unos segundos. Lo desarticula como un muñeco y lo arroja otra vez al piso. No debe agitarse, ya le habían dicho que no debía respirar muy rápido. Un segundo intento en elevarse sobre la cama y sentarse se hace más posible gracias al dolor, el dolor por ahora lo lleva actuar siempre de alguna forma desesperada hacia cualquier lugar.
Todos los ahorcados en el momento en que se retuercen levitando sobre el patíbulo tienen la esperanza de que la soga que los aprieta ceda y se corte. Es extraño verlos desde adentro, poniendo esperanza en esa misma soga que les está dando tortura y muerte. Así estaba Elías en ese entonces, observando atentamente los movimientos que el veneno hacia dentro de sí, una leve ausencia de su sitiador lo unía en una patética esperanza que lo hacia sonreír bucólico de placer, nunca hay placer, solo ausencia de dolor y así la presencia se lo hacía notar en cada repentino ataque desde las profundidades mas inesperadas de su mente. La oscuridad de sus recuerdos era un vástago reino para invadir por ese enemigo. Elías se sienta sobre la cama intentando evitar toda agitación, no puede evitarlo. El veneno ataca a intervalos como lo haría un animal, como si tuviera una pequeña rata viva en su cabeza que lo observa todo y roe. Comienza a pensar en cómo sacarla de allí. Se intenta inducir un vomito metiéndose su mano dentro de la boca pero los ataques repentinos a sus nervios hicieron morder sus dedos hasta romperlos. Cae pesado al suelo sobre sus pies, el dolor es insoportable. Aunque logra divisar aquel éxito como algo bueno, no reprime un tercer grito desesperado.
Tambaleándose se dirige a lo largo del pasillo, aún en el proceso de recuperar el control de sus piernas. Comienza a querer correr inclinado como un mono de algún tipo inusitado. Las puertas de las otras habitaciones estaban todas entreabiertas y los sospechó a todos muertos ¿Qué tipo de horror era todo aquello? Supo que las escaleras lo harían caer de todas formas y eligió hacerlo sentado. En el primer escalón divisó el cuerpo sin vida del recepcionista y el de una mujer que intuyó sería la madre de los niños del 25.
Con el torso desnudo y su mano en sangre comenzó a avanzar lo más rápido que pudo, controlando la respiración pero no pudiendo contenerse en vociferar y gritar cualquier tipo de auxilio inentendible. Ganó la esquina y se encontró con las primeras personas que se abrieron espantadas a su paso. Babeaba y caminaba en ocasiones encorvado como un animal, el dolor lo volvía al estado mas primordial, lloraba y babeaba como un niño, odiaba y gritaba como una bestia demente por la rabia. La rata voraz que habitaba en su cabeza se hizo más grande y sin espacio comenzaba a devorar hacia abajo. Sus sentidos comenzaron a punzarlo más fuerte. La luz del alba lo hería, sus pasos y los ruidos de la ciudad que recién despertaba lo comprimía hasta atontarlo débil contra una pared. Al quedarse allí parado creyó que las plantas de los pies se le habían reventado. Intento mirar con mucho esfuerzo hacia abajo pero los parpados no le obedecieron, el dolor de la luz los mantenía apretados y lacrimosos.
Ya no podría hacer mas nada, pensó, pero luego el insufrible motor de un colectivo se escuchó acercándose por la avenida. Corrió a ciegas hasta él para ser arrollado, nada de eso ocurrió. Elías corría lento y en un estado que todos esquivaban y observaban en la distancia. Aun faltaba cruzar todo el inmenso parque San Martin para recién llegar hasta la terminal de trenes. Incluso si llegara hasta allí no podría siquiera abrir sus ojos, ni desencajar su mandíbula para pedir ayuda al ungido linyera. El dolor lo aplastaba cada vez mas hasta dejarlo en la posición más comprimida, sobre una de esas veredas interiores que tiene el parque. Era un embrión en su vientre, una semilla comprimida en su fruto, apretaba con sus dos manos esperanzadas aquel anillo de oro que lo podría haber salvado, controlaba su respiración para que el veneno dejara de mortificarlo. Solo intentaba inútilmente morirse con el pensamiento, solo eso le quedaba.
Los gritos de aquel hombre loco se fueron yendo. Se perdía, nada humano quedaba de Elías. Solo hay quejidos y una tensa angustia. La gente empieza a murmurar preguntas y se acerca. Entre todos ellos se abre también pasó un linyera desconocido que se encontraba cerca. Aquellas voces repiqueteaban, sus olores lo asfixiaban, sin embargo pudo reconocer uno: Un olor a monte profundo de acacias negras. Con sus últimas fuerzas giró su cabeza e intentó encontrar el origen del aquel aroma. La fragancia débil lo calma como un bálsamo, la rata enorme de su cabeza pareciese haberse detenido y observan juntos a todos esos rostros que se acercan. Busca a Ana Neri pero ella no está en ese lugar, sin embargo logra descubrir el origen de aquel perfume de acacias. Una joven con cicatrices en la cara se pone en cuclillas sobre su cabeza y acaricia el pelo de Elías. El linyera desconocido y unos guardianes también se abren paso entre la gente y se colocan atrás de la joven. La joven con la cicatriz, por una inexplicable razón lo comienza a tranquilizar con susurros. Toma también su mano como despedida pensando que Elías estaba ya muriéndose.
En ese momento en que ambos se miran, uno de los guardias la toma bruscamente del brazo para apartarla y la llama con el nombre de Marcela. Elías todo este tiempo solo puede mirar borroso la cicatriz extraña que zurca a la joven desde un ojo izquierdo hasta su boca. Intenta antes de que se se vaya mostrarle su anillo de oro, pero no puede, sus manos se aprietan entre sí por el dolor y ya no le responderán nunca más. Pero un segundo tirón brusco del guardia sobre la mujer hace que finalmente él suelte el anillo sobre su pecho, rueda y cae finalmente al piso. El linyera desconocido lo toma y adivina entonces en Elías la poderosa tortura y su ponzoña. Busca confundido entre los bolsillos de su viejo sobretodo el antídoto que solo puede dar la gracia del círculo.


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