La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 12)


Eran las cuatro de la mañana cuando recién llegaba al hospedaje San José, había caminado sin parar por casi dos noches enteras. Sintió en aquellos primeros pasos que debía seguir caminado hasta caer muerto. En ese camino confuso se reencontró por unos instantes con la misteriosa Ana y también luego con unas vías de ferrocarril que pudo reconocer hacia el Barrio de Retiro, buscó y encontró agotado la calle del hospedaje San José donde empezó todo. Ese curioso auto azul estaba ahora con el motor encendido sobre la cuadra de enfrente, desde adentro el hombre alto (que había visto aquella vez en la iglesia) lo observaba y fumaba con una prepotencia aterradora que Elías nunca le adivinó. Lo hacía andar intranquilo aunque nada de eso lograba ya sorprenderlo. Había imaginado que tendría que tocar el horroroso timbre, despertar al recepcionista que le abriría de mala gana. Tendría que dar alguna que otra excusa como si ese infeliz maleducado fuera su madre o su esposa.
Nada de eso ocurrió, la puerta estaba misteriosamente abierta, la recepción oscura, las maderas de la escalera gritaban como nunca. Imaginó a los niños ruidosos del "25" durmiendo como angelitos, en plena recuperación de fuerzas para seguir gritando en la mañana. (Lo que no imaginó es que aquella tarde estuvieron en su habitación, que encontraron un tesoro dentro de un bolso negro y lo robaron, que luego la madre de los niños gritones los vio jugando con el extraño frasco color azul, que los corrió con un cinturón y confesaron, que la madre avergonzada llevó el bolso y el frasco a la recepción). El pasillo era impenetrablemente oscuro, pero aun así notó la puerta de su habitación abierta, rozó esa puerta y prendió la luz. Unos hombres enormes comenzaron a golpearlo y a insultarlo, antes de desmayarse logró darse cuenta de que el bolso negro de Ana Neri ya no estaba.
Al despertar notó que su camisa estaba sobre una silla y que afuera todavía seguía aun de noche. Elías estaba con el torso desnudo, acostado boca arriba sobre su cama. Se pensó despierto dentro de un sueño. Pero no era así, una especie de veneno le había inmovilizado todo el cuerpo menos su cara. Los hombres que lo golpearon estaban contra una pared frente a él, observándolo. Sentada al lado de su cama estaba Ana Neri con su bolso negro sobre sus rodillas. Como un susurro comenzó una conversación con él
- Usted tiene que escucharme atentamente, me han dado solo unos minutos para despedirme. Mi bolso y el frasco azul que usted tomó de la iglesia fue a dar hoy a las manos del recepcionista.
- Yo pensaba en devolvérselo, pero al salir de la iglesia usted ya no estaba...
- Eso no importa- Ana intentaba hablar tranquila pero Elías notaba que una euforia totalmente contraria le quebraba la voz por algunos momentos- el recepcionista ha sido asesinado, usted lo ha asesinado.
- Imposible, yo no...
- Nada es imposible aquí, la policía vendrá a buscarlo en una hora y usted se suicidará antes de que ellos crucen esta puerta.
Ana mira la única mesa de luz que está del otro lado de la cama, encima de ella había un cuchillo muy grande de hoja oscura. Con gran esfuerzo Elías quedó observándolo. Era el facón con que había matado a su padre y había traído desde Constancia en el baúl del auto, descifró que lo oscuro del acero era la sangre seca del malquisto Alberto Aceval
- No lo haré, yo no he matado a nadie.
- Lo hará, ya sé que usted no asesino a ese recepcionista...- Ana comienza a titubeante a revelar una gracia que solo tiene un precio a pagar dentro del circulo - Pero un caballero del circulo ha establecido que todos en este hotel debían morir. A usted se le han aplicado dos venenos de la antigua alquimia de Bárbara Zdunk. El primer veneno es el sedante más poderoso y el segundo es un veneno que retuerce todos los nervios de su cabeza como si fueran un puñado de ramas secas. En tan solo media hora los efectos del primer veneno irán desapareciendo lánguidamente. El dolor se volverá tan intenso que no podrá siquiera producir una palabra, los desdichados que han padecido esta ponzoña solo buscaron demencialmente el suicidio... con este puñal piadoso, aquí, ellos se lo han facilitado.
- No entiendo porque me hace esto
- Yo no le hago nada Elías, los hombres para quienes trabajo provienen de un poder que lleva ya hace mucho tiempo en este mundo, no pueden permitir que haya ningún descuido.
Ana tiene sus ojos cubiertos de angustia, Elías intenta un movimiento hacia ella pero su cuerpo sigue inerte. Ana le pregunta:
- ¿Por qué se apareció esa tarde en la Basílica del Sagrado Sacramento? era un momento equivocado, era un lugar equivocado para usted.
- La vi caminando por esa ventana que está allí, me pareció que usted...-
Elías mira con esfuerzo hacia esos vidrios oxidados donde la vio por primera vez
No puede ser- dice Ana extrañada- yo nunca caminé por esa calle. Yo no camino por las calles. Vivo encerrada en las habitaciones de un lujoso hotel, nunca salgo a la calle, no puedo. Nosotras jamás andamos por el mundo.
-Yo la he visto, era usted... ¡Pero de que circulo me habla, a que se refiere con nosotras!
Ambos tenían muchas preguntas pero nadie se las respondía. Ambos no sabían que los lugares están activos y atraen para sí a todos los seres que andan por el mundo con sangre y destino. Los lugares tienen conciencia y observan los destinos de quienes nacen y mueren en ellos. Aquella habitación donde una lenta agonía avanza ahora en el cuerpo desgastado de Elías Aceval, es la misma habitación donde una niña llamada Magdalena pasó sus largos días de la niñez. El recepcionista ahora muerto lo había dicho pero Elías no pudo descifrarlo. Aquel hotel era antiguamente un internado de monjas, esa habitación era la de ella, esa imagen que vio Elías caminado en la calle era poco probable, salvo desde otro lado.
-¡No importa!-, dice Ana repentinamente nerviosa - Ahora todo esto no importa. Preste mucha atención, lo que yo le voy a decirle aquí... lo pagaré con mi vida, se acaba el tiempo y debo irme. Usted puede salvarse. Escúcheme muy bien. Cuando el sedante empiece a retirarse y usted pueda mover el brazo, busque en el bolso que ha ocultado entre el colchón de su cama, busque entre todas las cosas que usted ha tomado de la caja fuerte de nuestro padre y encontrará un vulgar anillo de oro con la imagen gastada de un toro. Aquello es el tesoro más preciado que ha obtenido Alberto Aceval. No trate de entender nada. Solo intente respirar lo menos posible para que el veneno no avance rápido ¡Vaya hasta la terminal de trenes de Retiro! Allí duerme bajo unos cartones un linyera canoso, el que usted ha visto aquella vez en la puerta de la basílica. Muéstrele el anillo. El es uno de los ungidos sacerdotes del hombre con cabeza de toro, solo pídale la gracia del antídoto.
Ana se pone de pie con el bolso negro y el frasco dentro, sale de aquella habitación casi huyendo, los otros dos hombres enormes la siguen.


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