El presente para él es neblina, el mapa donde se mueve es negro.
Después de salir de esa casa descomunal de Maure al 1800, (donde se había criado la ya olvidada María Gabriela) Elías Aceval caminó por mucho tiempo dentro del pulso nocturno de Buenos Aires y se juró serenamente no detenerse hasta que la tierra termine. Pero aquella noche en el borde mismo de la demencia, algo al fin detuvo su marcha cuando se disponía cruzar una avenida.
Esa noche de angustia, Elías vio otra vez a la joven que le había regalado su nombre entre las bancas de una iglesia. Él venía en ese andar sin rumbo por una ciudad que jamás conoció. La tomó de sorpresa entre el vidrio empañado de un auto lujoso que solo esperaba el paso detrás de un semáforo. Fue una casualidad tan sospechosa que hizo irremediablemente y para siempre derrumbar en ambos la idea de haber sido alguna vez dueños de sus voluntades. Ninguno de los dos evitó la mirada ni tampoco lo que ambos sabían que sucedería. La vio primero ensimismada, apoyada sobre la ventanilla trasera de un auto negro, recordando ella un imperio arcaico que fue comienzo de esa maldición ignorada que siempre los distanciaba. Sin embargo, algo muy íntimo y secreto los unía todavía para algo más.
Elías pudo ver esa noche a Ana por unos instantes y ella casi lo pierde si no fuera por un tímido gesto suyo desde la vereda, ese movimiento de Elías la trae de vuelta de sus pensamientos y lo reconoce allí parado entre el vapor de su aliento, le sonríe discretamente con el miedo a ser descubierta por los hombres oscuros que iban adelante. Él parecía que iba hacia un lado y ella parecía que volvía de un trabajo. Nada era así, el caminaba por el solo hecho de hacerlo, fue después de visitar la adversa casa en la que una vez casi pierde su vida y Ana... tan solo iba rumbo a la Biblioteca Nacional para desplomar sobre otro vil hombre del circulo, sus más grandes pecados.
Un llanto añejo ahora les intentaba brotar inutilmente. Un pañuelo blanco cubría la cabeza de Ana como lo hacían las antiguas mujeres que visitaban las iglesias, aun así su pelo color del trigo se veía con toda su autoridad, su rostro de mármol se abandonaba en una mirada profunda de increíble gratitud. Se miraron entrañablemente sin querer demostrarlo y lo supieron, como si en todas sus vidas desearan revelar algo que no podían recordar. Ella acarició el vidrio de la ventanilla como quien se disculpa, como si la delgadez de su mano de mármol supiera lo que a él le deparaba por ella y lo que a ella le depararía por él.
Para ella, un laberinto se fue transmutando en los ojos Elías, como una flor blanca abriéndose en el lodo. En ese lodo reside el enemigo que no los deja tocarse. Pero Elías se acercó y respondió a ese vidrio que vibraba entre los rugidos del motor, el orgullo y la maldición se disipó, vio su angustia y luego el miedo, la sintió en ese momento sola, frágil, pero aun conocedora de todas las historias de los hombres. Ellos dos, Elías Aceval y Ana Neri se comunicaron, se comprendieron como les es imposible a los hombres, a los confundidos hijos de Babel. El vio su mirada en la suya y pensó "Mi hermana"... pensó demasiado. El auto oscuro rugió fuerte y comenzó a avanzar, un aire frío golpeó a Elías en la espalda y le apuró el paso. La dejó ahí, alejándose en aquel auto negro, acompañada en un perfume imperceptible de acacias y en la gracia de una mano en ese adiós. Pensó que ya nunca más la encontraría, se equivocaba. Eso al parecer le era imposible a pesar de tantas muertes.
Después de salir de esa casa descomunal de Maure al 1800, (donde se había criado la ya olvidada María Gabriela) Elías Aceval caminó por mucho tiempo dentro del pulso nocturno de Buenos Aires y se juró serenamente no detenerse hasta que la tierra termine. Pero aquella noche en el borde mismo de la demencia, algo al fin detuvo su marcha cuando se disponía cruzar una avenida.
Esa noche de angustia, Elías vio otra vez a la joven que le había regalado su nombre entre las bancas de una iglesia. Él venía en ese andar sin rumbo por una ciudad que jamás conoció. La tomó de sorpresa entre el vidrio empañado de un auto lujoso que solo esperaba el paso detrás de un semáforo. Fue una casualidad tan sospechosa que hizo irremediablemente y para siempre derrumbar en ambos la idea de haber sido alguna vez dueños de sus voluntades. Ninguno de los dos evitó la mirada ni tampoco lo que ambos sabían que sucedería. La vio primero ensimismada, apoyada sobre la ventanilla trasera de un auto negro, recordando ella un imperio arcaico que fue comienzo de esa maldición ignorada que siempre los distanciaba. Sin embargo, algo muy íntimo y secreto los unía todavía para algo más.
Elías pudo ver esa noche a Ana por unos instantes y ella casi lo pierde si no fuera por un tímido gesto suyo desde la vereda, ese movimiento de Elías la trae de vuelta de sus pensamientos y lo reconoce allí parado entre el vapor de su aliento, le sonríe discretamente con el miedo a ser descubierta por los hombres oscuros que iban adelante. Él parecía que iba hacia un lado y ella parecía que volvía de un trabajo. Nada era así, el caminaba por el solo hecho de hacerlo, fue después de visitar la adversa casa en la que una vez casi pierde su vida y Ana... tan solo iba rumbo a la Biblioteca Nacional para desplomar sobre otro vil hombre del circulo, sus más grandes pecados.
Un llanto añejo ahora les intentaba brotar inutilmente. Un pañuelo blanco cubría la cabeza de Ana como lo hacían las antiguas mujeres que visitaban las iglesias, aun así su pelo color del trigo se veía con toda su autoridad, su rostro de mármol se abandonaba en una mirada profunda de increíble gratitud. Se miraron entrañablemente sin querer demostrarlo y lo supieron, como si en todas sus vidas desearan revelar algo que no podían recordar. Ella acarició el vidrio de la ventanilla como quien se disculpa, como si la delgadez de su mano de mármol supiera lo que a él le deparaba por ella y lo que a ella le depararía por él.
Para ella, un laberinto se fue transmutando en los ojos Elías, como una flor blanca abriéndose en el lodo. En ese lodo reside el enemigo que no los deja tocarse. Pero Elías se acercó y respondió a ese vidrio que vibraba entre los rugidos del motor, el orgullo y la maldición se disipó, vio su angustia y luego el miedo, la sintió en ese momento sola, frágil, pero aun conocedora de todas las historias de los hombres. Ellos dos, Elías Aceval y Ana Neri se comunicaron, se comprendieron como les es imposible a los hombres, a los confundidos hijos de Babel. El vio su mirada en la suya y pensó "Mi hermana"... pensó demasiado. El auto oscuro rugió fuerte y comenzó a avanzar, un aire frío golpeó a Elías en la espalda y le apuró el paso. La dejó ahí, alejándose en aquel auto negro, acompañada en un perfume imperceptible de acacias y en la gracia de una mano en ese adiós. Pensó que ya nunca más la encontraría, se equivocaba. Eso al parecer le era imposible a pesar de tantas muertes.

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