UNA CITA
La joven prostituta había agotado la noche. En un invierno húmedo más de Buenos Aires, que parecía introducírsele por todos los poros y salírsele por la boca en un humo sin rostro, que la obligaba helada a cruzarse de brazos y caminar lo más rápido posible. Se había extinguido una lluvia pero todavía una nube compacta colmaba la mañana, dándole a toda la ciudad el color que tienen sus recuerdos más queridos allá en Constancia. Solo un puesto está abierto en la terminal de trenes de Retiro.
Éste siempre está abierto aunque nadie recuerda haber visto a alguien comprando sus cosas. Dicen que el vendedor nunca es el mismo aunque también dicen que el vendedor es un estafador y un loco. Hablan de algo extraño pero nada es cierto. El vendedor levanta la cabeza y escucha el latido que se acerca. Sonríe, pareciese estarlo esperando.
La antigua estación de hierro y piedra parece también despertar un ojo, alguien ha entrado mientras dormía. El latido se acerca, de pronto se detiene y vuelve a comenzar. El vendedor ve una figura con el rabillo del ojo y sigue leyendo una revista de fútbol. El palpitar de tacos va aminorando mientras se aproxima a este puesto sonámbulo.
Todas las veces que pasa a la vuelta de su trabajo, entre los asientos traseros del auto azul, se aprieta contra el cristal de la puerta y lee en voz alta el cartel de la entrada: "Compra venta de sueños"
Finalizada la noche. Reconocía aquel local extravagante que le había encomendado el círculo. Era su último trabajo de esa noche, ella estaba sospechando algo y parecía no decidida a detenerse. Su rostro denotaba cansancio y el vendedor temió su paso indiferente por él. El latido cesó, el vendedor descifró el silencio que provino y pensó: “Los zapatos le deben molestar”. La joven caminaba ahora indecisa y silenciosa hasta la puerta del local, de brazos cruzados se veía que le colgaban delgados tacos y un bolso negro. Ninguno emitió saludo. El vendedor simulaba concentración en su lectura, mientras confirmaba con disimulo que en aquella mirada desteñida se concentraba la única esperanza que tenía en su vida. Del pelo de la joven cayeron unas gotas de lluvia que tocaron débilmente unos libros. Ella se asustó e intentó secar uno, pero su mano también se encontraba mojada, esperó un reproche que no llegó y suavemente restauró el libro donde estaba.
Aquel era un libro especial, un libro que el vendedor había traído desde una vida que dejó en Constancia. "La muerte de Iván Illich" de León Tolstoi. La mujer recordó que una vez adoró los libros, ella siempre recordaba su niñez perdida en un monte de acacias negras y hermanas muertas. En cambio el vendedor en oculta atención solo pensaba en adorar a ese libro único que ella acarició. También deseaba cubrirla con su saco y abrazarla... Pero ni en esta, ni en ninguna otra vida se podría.
Por fin la joven se acercó frente al vendedor y dijo vacilante
- Busco mi pasado
Éste siempre está abierto aunque nadie recuerda haber visto a alguien comprando sus cosas. Dicen que el vendedor nunca es el mismo aunque también dicen que el vendedor es un estafador y un loco. Hablan de algo extraño pero nada es cierto. El vendedor levanta la cabeza y escucha el latido que se acerca. Sonríe, pareciese estarlo esperando.
La antigua estación de hierro y piedra parece también despertar un ojo, alguien ha entrado mientras dormía. El latido se acerca, de pronto se detiene y vuelve a comenzar. El vendedor ve una figura con el rabillo del ojo y sigue leyendo una revista de fútbol. El palpitar de tacos va aminorando mientras se aproxima a este puesto sonámbulo.
Todas las veces que pasa a la vuelta de su trabajo, entre los asientos traseros del auto azul, se aprieta contra el cristal de la puerta y lee en voz alta el cartel de la entrada: "Compra venta de sueños"
Finalizada la noche. Reconocía aquel local extravagante que le había encomendado el círculo. Era su último trabajo de esa noche, ella estaba sospechando algo y parecía no decidida a detenerse. Su rostro denotaba cansancio y el vendedor temió su paso indiferente por él. El latido cesó, el vendedor descifró el silencio que provino y pensó: “Los zapatos le deben molestar”. La joven caminaba ahora indecisa y silenciosa hasta la puerta del local, de brazos cruzados se veía que le colgaban delgados tacos y un bolso negro. Ninguno emitió saludo. El vendedor simulaba concentración en su lectura, mientras confirmaba con disimulo que en aquella mirada desteñida se concentraba la única esperanza que tenía en su vida. Del pelo de la joven cayeron unas gotas de lluvia que tocaron débilmente unos libros. Ella se asustó e intentó secar uno, pero su mano también se encontraba mojada, esperó un reproche que no llegó y suavemente restauró el libro donde estaba.
Aquel era un libro especial, un libro que el vendedor había traído desde una vida que dejó en Constancia. "La muerte de Iván Illich" de León Tolstoi. La mujer recordó que una vez adoró los libros, ella siempre recordaba su niñez perdida en un monte de acacias negras y hermanas muertas. En cambio el vendedor en oculta atención solo pensaba en adorar a ese libro único que ella acarició. También deseaba cubrirla con su saco y abrazarla... Pero ni en esta, ni en ninguna otra vida se podría.
Por fin la joven se acercó frente al vendedor y dijo vacilante
- Busco mi pasado
El vendedor levantó la vista, pareció temer a esa pregunta y no respondió
- Creo que lo perdí por estos lugares -. Continuó la mujer con una voz que mal simulaba indiferencia. Con resignada perplejidad el hombre le murmuró:
- Yo solo vendo sueños. Pero quizás encuentre uno que tenga que ver con el pasado.
- Creo que lo perdí por estos lugares -. Continuó la mujer con una voz que mal simulaba indiferencia. Con resignada perplejidad el hombre le murmuró:
- Yo solo vendo sueños. Pero quizás encuentre uno que tenga que ver con el pasado.
El vendedor comenzó a revolver animosamente sus trastos preferidos, también sus papeles amarillos y comidos por las polillas. Buscando algo que parecía haberse usado hace mucho.
- Lo que busco es uno de los sueños más terribles ¡Aquí está! Esto perteneció a mi padre -. Dijo entregándole finalmente un cuchillo antiquísimo y enorme. Ella lo intentó tomar entre sus manos pero el vendedor lo retuvo y le indicó.
- Debería advertirle que solo vendo sueños para el que ya no tiene. De ninguna manera piense que yo puedo cumplirlos.
- Lo que busco es uno de los sueños más terribles ¡Aquí está! Esto perteneció a mi padre -. Dijo entregándole finalmente un cuchillo antiquísimo y enorme. Ella lo intentó tomar entre sus manos pero el vendedor lo retuvo y le indicó.
- Debería advertirle que solo vendo sueños para el que ya no tiene. De ninguna manera piense que yo puedo cumplirlos.
Su tono terminó siendo complaciente y soltó ese facón fratricida a las manos de la mujer, la joven pareció asustarse con solo mirarlo. Sus manos temblorosas eran las de Eurídice cuando intentaba fugarse sobre un hilo y aquella mirada desteñida brilló como nunca. El hombre creyó que ella finalmente iba a llorar y le explicó:
- Es el sueño de cambiar un momento en nuestra vida. Y es también el sueño de decirle algo a una persona que ya no está.
- Es el sueño de cambiar un momento en nuestra vida. Y es también el sueño de decirle algo a una persona que ya no está.
Ella pareció no escucharlo y como si tuviera un gran dolor en el pecho se lo tomó con una mano. Empezó a respirar extraño, sus ojos denotaban querer soltar un llanto añejo, pero era inútil, todos los mecanismos internos que permiten el llanto parecían habérsele oxidado hace tiempo. Pasaron los momentos y ni siquiera había sacado ese cuchillo de la vaina, solo miraba con una leve agitación el nombre de su desconocido padre, grabado a fuego con una hermosa letra cursiva.
"¿Esa mujer que sabía hablar con los muertos no sabía siquiera llorar como cualquier hijo de la tierra?". Caviló el vendedor.
Como si de un frágil niño se tratara, la joven prostituta solo dejó el cuchillo sobre los otros cacharros.
- No.- murmuró retrocediendo - Perdone pero no es lo que necesito.
"¿Esa mujer que sabía hablar con los muertos no sabía siquiera llorar como cualquier hijo de la tierra?". Caviló el vendedor.
Como si de un frágil niño se tratara, la joven prostituta solo dejó el cuchillo sobre los otros cacharros.
- No.- murmuró retrocediendo - Perdone pero no es lo que necesito.
- ¡Escuche!-. El grito del vendedor la zamarrea - Ellos acabaron de matar a Marcela hace dos días. Sé que usted la conocía, olía al mismo pueblo de Constancia cuando la conocí, igual que usted... Ahora es mi tiempo de devolverle un favor y ayudarla, no tengo nada que perder en esta vida excepto a usted. Solo debe pasar ese veneno que lleva en su bolso sobre la hoja de este cuchillo... primero apuñale al guardia mientras conduce el auto, luego, matar a ese linyera canoso le será de lo más sencillo. Escaparemos ahora mismo con mi auto hasta Constancia, conozco un lugar donde podemos refugiarnos. La estaré esperando siempre aquí...
- Es imposible escapar al hombre con cabeza de toro. Usted mismo sabe en carne propia que hay cosas mucho peores que la muerte.
La voz conmocionada de la joven inquietó al vendedor y un impulso reprimido de querer abrazarla sobre los libros sólo dio señas en un débil acercamiento.
-No se vaya todavía por favor-. Susurró inclinándose hacia la mujer.
La joven no respondió y se dio a la fuga rumbo al auto azul.
- No se vaya -. Imploró otra vez inútilmente el vendedor. Ella ya no lo escuchaba, Volvió a llover.
-No se vaya todavía por favor-. Susurró inclinándose hacia la mujer.
La joven no respondió y se dio a la fuga rumbo al auto azul.
- No se vaya -. Imploró otra vez inútilmente el vendedor. Ella ya no lo escuchaba, Volvió a llover.

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