La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 17)


EL LOCO
Su temperamento había ya resueltamente cambiado a uno más afable y extrovertido. Su forma de vestir y sus modales se vieron notablemente descuidados. Su prolijidad fue también quedándose cada vez más atrás. Aun se encontraba a los pies de su cama la montaña de papeles, dinero y joyas. Solo ponía atención en ella cuando tomaba algún billete antes de salir hacia algún lado.
No se sabe bien si esos cambios comenzaron desde aquella vez en que visitó por mucho tiempo el cementerio viejo de Constancia, si fueron las aguas torrentosas del Leteo o desde que empezó ese caminar infatigable por la ciudad. Quizás los causantes de estos cambios en su cabeza hayan sido provocados por los efectos de aquellos recientes venenos en su sangre. En fin, no se sabe cuando fue que Elías Aceval comenzó para el mundo a perder su cordura. Con el correr de los días sus caminatas nocturnas por las calles de la ciudad se hicieron precisas y largas. A pesar de ser el nuevo dueño de ese modesto hotel familiar y también el único heredero legal para reclamar todo un imperio de estancias y propiedades, se lo ve ahora desconocido, desaliñado y mal comido, descuidando hasta el abandono ese hotel y rechazando siempre a todos los que llamaban a su puerta en busca de un lugar. Su rutina de comer siempre lo mismo y en la misma cantina, el hábito de pasar sus tardes charlando con los linyeras, entre el frio, las palomas y los perros del parque San Martín. Pero a la noche en cambio la locura era más visible, por las noches fue cuando Elías Aceval tomó el hábito misterioso de caminar sin rumbo. Caminaba paciente y se detenía sobre algunas bolsas de basura en busca de algo, si en una cuadra veía un volquete de demolición apuraba el paso y metiéndose adentro se ponía también a hurgar. Volvía recién de madrugada o entrando ya la mañana, acarreando hasta el hotel un montón de trastos y cosas de la basura. Todos creían que su comportamiento devino por el juntarse con los crotos de la estación de Retiro y no sospechaban siquiera que Elías Aceval estaba poseído por la idea de acumular recuerdos, esa es la definición correcta de lo que le ocurría, el estaba obsesionado por la memoria y creía abiertamente que sobre él había caído un don sobrenatural. Elías Aceval les contaba a todos los mozos del restaurante, a los curiosos vecinos y a sus nuevos amigos linyeras, que tenía el poder divino de poder escuchar las historias que poseen las cosas.
Cuando con burla y curiosidad le preguntaban cómo lo hacía, el simplemente les contestaba:- Es como cuando apoyas el oído en un caracol y escuchas el sonido del mar. Bueno. Yo escucho al tiempo.
Y así se lo veía a veces en los lugares que comúnmente frecuentaba, agarrando de una mesa una taza vacía de café con leche y relatándoles a todos los presentes lo que aparentemente estaba oyendo: - Escucho muchas conversaciones... ¡Esta taza de café está planeando una traición sobre Edmundo López! ¿Alguien conoce a Edmundo López? ¡Planean matarlo!
Algún parroquiano sorprendido y divertido a la vez le grita: - Edmundo López era el primer dueño de la cantina y se murió en 1986.
Los linyeras del barrio y también después los linyeras de todos los barrios de la ciudad comenzaron a ayudar en la empresa absurda de Elías Aceval. Iban trayéndole las cosas más antiguas que encontraban por ahí y al principio comenzaron a regalársela, entonces como un regalo también, Elías las apoyaba en su oído y comenzaba a contarles una o varias historias. Alrededor de un fuego improvisado se desataban las leyendas diversas que salían de las cosas más inservibles. La basura memoriosa llegaba a veces en carros tirados por caballos. Con el tiempo, Elías en su descubierta obsesión tuvo que pagar por ella a los despabilados cirujas. Aprovechados algunos llegaron a venderle por mucho dinero un simple naipe encontrado en la calle. Escuchaban del loco Elías mientas contaban el dinero:
- Puedo escuchar en este rey de oro todas las manos que ha disputado. Escucho las derrotas y las victorias a causa de él. Veo la trampa justo en el hecho. Escucho llanto y muchos nombres. Risas. El chocar de cuchillos y huelo el olor a café. A tabaco y a sangre.
No siempre Elías aceptaba todo lo que le traían, algunos confundidos se acercaban a él como un simple anticuario, un excéntrico coleccionista de antigüedades. Lejos de eso, quizás Elías desestimaba una pintura reconocida pero se desesperaba por cosas tan simples como un paraguas roto y viejo, lo limpiaba y con sumo cuidado lo apoyaba en su oído:
-Hoy me han traído paraguas rotos que me traen la alegría de unos enamorados que caminan abrazados, también estos dos cuchillos con el sonido que habita en el lugar de la muerte.
La gran montaña de dinero que una vez tuvo al costado de su cama había desaparecido en la compra diaria de "recuerdos". La fila de hombres y mujeres se hizo grande en las primeras tardes del parque San Martín, aprovechándose de aquella locura venían a vender aquellas cosas viejas e inútiles que tenían abarrotadas entre los galpones y las ratas. Elías ya en su casa, el antiguo hotel San José, notó que estaba atiborrado de "memoria". Tanto que le costaba caminar por los pasillos entre el montón de porquerías, y aunque ya nadie entraba en aquel lugar algunos vecinos curiosos juraban indignados ver la basura acumulada en el patio central y sobre las ventanas de lo que fueran las habitaciones.
Fue ahí que se le ocurrió vender las joyas que aun tenia y comprar un sobrevalorado local comercial en las afueras de la terminal de trenes. Allí llevo una parte de sus recuerdos y comenzó a ofrecerlos en venta a precios muy elevados.
Desde muñecas tuertas en una tumba abandonada, Boletos de tren de alguien que se ha tirado bajo uno, pelotas del último gol de un niño o simplemente el dibujo de una niña que odia las manos de su padre y lo piensa matar. De nada sirve el valor material sino la presencia embebida del pasado.
Elías se convirtió en tan solo unos meses en uno de los personajes más apreciados de aquel barrio frio y caótico. Su locura despertaba la risa y el asombro de todos. Nadie sospechaba ni podía imaginarle a este hombre el pasado más oscuro de todos.


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