La joven de los tres nombres y el periodista (Capítulo 4 - Parte 16)


EL VERDUGO
Aguas del hombre sediento que no bebe por sueño, nace el que engulle al tiempo, el elegido del otro lado. Comeremos de la mano del verdugo, botas negras de cuerpo viejo, la sangre que ha pisado tiene pasos propios. La sangre del verdugo es siempre ajena. El verdugo no derrama sangre, el verdugo no muere, por que cuando deja de respirar un verdugo inmediatamente lo reemplaza otro, todos los dioses hacen lo mismo, uno es igual al anterior, cuando el verdugo este sacando brillo a la hoja de acero que ha de matarte. Piensa. Nadie muere.
Esta historia transcurre cada vez más perturbada y caótica. Martin Iraola Aceval sufre una huelga en una de las estancias más grandes al sur de la provincia. La estancia "Villa Hayes". Desbordado el terrateniente por aquel conflicto y con sus contradicciones religiosas. Hace cargo de la estancia a un hijo bastardo pero reconocido con su apellido. El joven Alberto Aceval que en ese entonces solo vivía desordenadamente en la capital y que sin religión, ni contradicciones se dispone a resolver la huelga de una forma implacable: asesina a cualquier hombre, mujer o niño que estuviese en el lado de sus enemigos.
Dispone de una pequeña fortuna que pone inmediatamente al servicio de comprar voluntades dentro y fuera de Constancia. La estancia Villa Hayes se convierte en un estado aparte donde su presencia lo es todo. En esos años previos en que vivía en la Capital, Alberto Aceval se enamora perdidamente de una mujer. Era en uno de esos encuentros que hacían las familias más respetables de Buenos Aires para presumir de sus muebles, de sus jardines y de sus hijas. Aquella noche Mercedes Aguirre fue invitada por su padre para tocar el piano y así quedar congelada para siempre en la mente caprichosa de Alberto Aceval. Él queda plenamente embelesado por la gracia de sus manos sobre la música y la elegancia misma de un cisne. Por su condición de bastardo la siente inalcanzable, pero aun así se promete con furia hacia sí mismo, que esa mujer algún día sería suya.
Los años en la estancia Villa Hayes lo volvieron muy duro, también lo alejaron de la visión real de Mercedes Aguirre. Solo conservaba para sí la imagen mental de ella, tocando al arduo Chopin sobre un exquisito piano europeo.
En el principio del conflicto con el duro Atalaya, Alberto Aceval regresa a Buenos Aires. Ya no como el joven estudiante y bohemio sino como uno de los estancieros más grandes y respetados de la provincia. Su paso por la ciudad, según cuentan, estuvo lleno de acuerdos y amistades nuevas, también fue promotor en la gesta de un movimiento nacionalista llamado "La liga patriótica". Lo tuvo a él como orador en más de una ocasión, su ejemplar mano dura frente a los huelguistas era algo que comenzó a viajar por las bocas y por los periódicos de aquel entonces. Aquellos reconocimientos de la ciudad le importaban mucho a Alberto Aceval, no por sí mismo, sino por aquello a lo que había venido puntualmente a buscar: la silenciosa adolescente llamada Mercedes Aguirre.
Se presentó ante su padre, el Dr. Enrique Pérez Colman de Aguirre y sin mucho protocolo le pidió la mano en matrimonio de su hija Mercedes. El padre sonrió levemente y se negó con respetuosas palabras. Alberto Aceval ya humillado volvió a humillarse rogándole una vez más la mano de su hija y rogando también una explicación ante tal rechazo. Ya muy divertido Enrique Pérez de Aguirre le contesta:
- Yo no puedo casar a mi hija con usted. Usted es un bastardo que no heredará más que migajas de su padre.
Aquellas palabras penetraron tan hondo en el corazón de Alberto Aceval que no hizo más que jurarse una segunda cosa en su corazón, vengarse... y esperó, se hizo bueno esperando y mas bueno aun en odiar y vengar. La política lo vio activo en todo tipo de reuniones y asambleas, hizo alianzas con gente muy poderosa de cualquier color político, de religión o de logia.
Un año después de aquella negativa, Enrique Pérez Aguirre da a su hija Mercedes en matrimonio con un joven espabilado y liberal llamado Juan Bautista Fleitas de Goeytes. Al poco tiempo Mercedes quedó embarazada de su primera hija, Magdalena Aguirre de Goeytes.
Curiosamente el despechado Alberto Aceval comenzó a utilizar en secreto todas sus influencias para favorecer a Enrique Pérez de Aguirre. Inconcebible, a los dos años de ser rechazado socarronamente, Alberto Aceval había logrado para aquel hombre odiado, una serie de contratos y de ofertas a cargos públicos para toda su familia.
Pese a que Enrique Pérez era un liberal tibio y que poco interés demostraba por la política, Alberto presionó mucho, aun más que antes y llegó hasta sobornar con gran parte de su capital, para que Enrique Pérez Colman de Aguirre fuese nombrado como el flamante Ministro de Hacienda de la Nación y su yerno: el tilingo Juan Bautista Fleitas de Goeytes como Ministro de Agroindustria.
Alberto Aceval lo logró. Luego de eso se tomó un descanso y solo se dedicó a combatir el foco de resistencia en su estancia mayor. También, ya abiertamente se consagró a agitar a sus partidarios de la liga patriótica. Así, en tan solo un año de haber asumido a la presidencia Don Hipólito Yrigoyen, hubo un alzamiento militar que lo derroca.
Enrique Pérez Colman es acusado de innumerables hechos de corrupción por los que sus bienes son embargados por el estado Nacional. En una revuelta que todavía no se ha esclarecido, detractores y defensores del ex funcionario comenzaron a agolparse en las puertas de su casa. Llega la policía y una orden directa desde el gobierno de facto, para que aquel inmueble de la calle Bella Vista (hoy llamada Avenida Alvear) sea inmediatamente desalojado y a disposición de embargo por el Estado Nacional. Enrique Pérez Colman de Aguirre se encontraba dentro de la casa con su familia y su yerno. Sobre aquellos dos hombres cabía también una inmediata detención en manos de la policía y el ejército.
Mucha gente comenzó a agolparse en el lugar. La mayoría eran miembros de la liga patriótica, policías, amigos de la familia y del partido radical. Las ventanas comenzaron a estallar y despertó el grito de las mujeres de la casa, luego la puerta cedió ante la presión. Todo fue muy confuso y Enrique Pérez Colman recibió desde la muchedumbre un disparo en la cabeza. Ese mismo día, Juan Bautista de Goeytes fue llevado preso a la penitenciaría nacional.
Alberto Aceval propone a la viuda de Enrique Pérez de Aguirre protegerla de aquella ruina y vergüenza familiar. Con síntomas de altruismo y preocupación, la invita entonces a vivir en una de sus mayores estancias junto a las otras mujeres de la casa: Mercedes, sus dos hermanas menores y la pequeña Magdalena con tan solo dos años.
Al llegar a la estancia sorprende a todas ellas la majestuosidad de los edificios y una vez dentro del casco principal encuentran el fino piano europeo que pertenecía a su familia. Alberto Aceval siempre con un aire protector, les explica como logró rescatarlo para ellas en una las tantas subastas que hizo el estado. Alberto en todo ese tiempo en que coordinó la mudanza fue extremadamente cortes y amable con aquellas mujeres.
Al poco tiempo de haberse instalado en la estancia, la madre y sus hermanas convencen a Mercedes para comenzar un coqueteo sobre Alberto Aceval. Las mujeres desesperadas y engañadas por la clemencia de aquel terrateniente, no llegaban a verlo como el verdugo que en realidad había sido, sino como un salvador. El momento que tanto había esperado el flamante y prospero terrateniente había llegado.
No sabían estas mujeres que en el momento cabal de haber puesto un pie en la estancia Villa Hayes, habían voluntariamente entrado también a un reino desalmado que gira en torno a un solo déspota y que jamás tiene salida.
Poco tiempo después de haberse casado ilegalmente con Mercedes de Aguirre, Alberto Aceval manda a construir una humilde casa dentro de su extensa propiedad y literalmente arroja en ella a su suegra y sus jóvenes cuñadas. Deja inmediatamente todo al cuidado de su capataz y sus hombres de confianza y les ordena expresamente abusar de esas mujeres diariamente. El vengativo terrateniente se despreocupa entonces del asunto y solo se centra en luchar abiertamente con su enemigo Atalaya. Tiempo después, su esposa Mercedes se entera de lo que sucede con su madre y sus hermanas en algún lugar de aquel vasto territorio, entre llantos logra que su esposo se apiade y deje en paz a su familia.
Su venganza todavía no estaba para él completa. Como un humanista conmovido da muestras de mucha preocupación en la ciudad, entabla conversaciones comprometidas con sus amigos por la suerte de toda la familia Aguirre. Visita en la penitenciaría nacional y entabla cierta protección con el esposo legal de Mercedes Aguirre, el mentecato de Juan Bautista de Goeytes. Contrata y asesora a los mejores abogados, al poco tiempo sus amigos en el gobierno y en la justicia complacen esos misteriosos deseos altruistas de Alberto Aceval.
Juan bautista de Goeytes sale antes de lo pautado por su condena y abandona la penitenciaria. Alberto Aceval lo abraza afuera como un amigo, nadie espera de él otra cosa, el verdugo le ofrece luego un asiento en su automóvil y una larga charla llena de promesas. La próxima mañana partirán hacia la estancia de Villa Hayes y Juan Bautista recibirá un trabajo como le había prometido su protector. Entusiasta y feliz comparte aquel viaje. Este ingenuo hombre no sabe aun que Aceval no protegió jamás a su familia, que concretamente le ha robado a su esposa Mercedes. No sabe que todas las causas de corrupción de las que fue acusado fueron elaboradas por él, no sabe que el trabajo que le han prometido en la estancia es el del explotado peón y que la casa que le han prometido es ese establo común donde hacen dormir a estos pobres desdichados.
Con los años sus influencias fueron mayores y los respetos hacia él fueron creciendo. La admiración provenía básicamente en que él había rechazado todo tipo de cargos y honores después del golpe de estado, Alberto Aceval era hábil, confundía a todos, lo pensaban valiente pero él jamás enfrento a nadie, solo movió siempre las piezas necesarias hacia el enemigo. Lo confundían humilde, pero no lo era, en realidad desestimó todo honor y cargo político porque bien sabia por experiencia propia, que aquellos eran cargos menores. Entendía inteligentemente que la exposición siempre es mala y denota la mayor debilidad para el hombre que aspira a todo el poder. El poder real nunca se deja ver.
Ya maduro nuestro verdugo. En esos movimientos entre la oscuridad, cambios de piel y crecimiento de profundas influencias. El círculo del hombre toro que ya venía siguiendo sus pensamientos muy de cerca, lo invita, se acerca en una gracia antigua en forma de un anillo de oro. Todos los Aceval fueron miembros. Solo había un impedimento para que él perteneciera: el era un bastardo. La mismas palabras que le dijo una vez el difunto Enrique Pérez de Aguirre.
"¿Y qué debo hacer?" se preguntó. La respuesta solo vino con el tiempo:
Dos cosas desagradan a Moloch: las preguntas de los hombres y las debilidades de los hombres. Dos cosas agradan a Moloch: matar a un hijo o matar a un padre...en ese orden desde el principio de los tiempos.

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